La frase “soberanía de Dios” a menudo se usa para legitimar la enseñanza de que cuando Dios “salva” a una persona, no puede retractarse de su palabra. No importa cuán mala sea la persona después de eso, Dios no tiene más opción que dejar que esa persona entre en el cielo.

Lo más repulsivo de esta enseñanza es su ataque a la verdadera soberanía de Dios. “Soberano” significa “rey” o “autoridad última”.  Sin embargo, la enseñanza a la que se le ha dado esta etiqueta hace que sus inventores sean soberanos sobre Dios. Dios se queda sin poder para cambiar de opinión, o al menos para ir en contra de nuestra pequeña comprensión de lo que Él ha dicho.

Hay varios relatos en la Biblia de personas que hicieron promesas, y las consecuencias malvadas que cosecharon por haber sido demasiado orgullosos como para retractarse de los decretos mal concebidos.

El profeta hebreo, Daniel, por ejemplo, fue arrojado a un foso con leones por un rey que había sido su amigo, porque el rey estaba convencido de que “ningún edicto u ordenanza que el rey confirmara podría ser abrogado” (Daniel 6:15).

Herodes decapitó a Juan el Bautista a causa de una danza seductora realizada por la hija de su esposa ilícita (Marcos 6:17-28).

Jesús enseñó que sus seguidores no deben hacer juramentos (Mateo 5:34-36).

No es de extrañar que Santiago dijera “sobre todo” que no hagamos juramentos (Santiago 5:12). Parece que siempre perdemos de vista a Dios cuando nos enfocamos en las promesas, ya sean nuestras propias promesas o las suyas.

Una de las revelaciones más poderosas del apóstol Pablo fue entender que Dios es más grande que la “ley”. El verdadero propósito de la ley fue establecer que Dios es el jefe. Él es soberano. Cuando Él dice algo, necesitamos escuchar con humildad.

Pero los legalistas quisquillosos intentaron tomar frases aisladas y hacerlas soberanas sobre Dios mismo y sobre todo lo que Dios había dicho. Trataron de reemplazar a Dios con sus propias interpretaciones privadas de la ley.

Para estos legalistas, sus interpretaciones se habían vuelto soberanas, y se convencieron de que ya conocían más que Dios. Dijeron que Dios había hecho ciertas promesas “eternas” al pueblo judío, y creían que Dios no tenía más opción que bendecirlos incluso si lo rechazaban. Tenían a Dios muy bien empaquetado en una caja, de la que creían que nunca podría escapar.

Pero, Dios “cambió de opinión”. Bueno, Él siempre sabía que lo iban a hacer, y ya lo había tenido en cuenta cuando hizo las promesas. No obstante, desde el punto de vista humano, Dios rompió las reglas quitando las bendiciones a los judíos y dándoselas a los seguidores de su Hijo.

Pero lo hizo porque es soberano... incluso por encima de sus propias promesas. De hecho, lo hizo para demostrar que es soberano. Todas las promesas que se habían hecho a los judíos les fueron quitadas y entregadas a un grupo heterogéneo de individuos con una fe humilde y simple solamente en Jesús.

Jesús dijo de los judíos que verían a gente que venía de todos los rincones del mundo para entrar en el reino de los cielos y que, sin embargo, ellos mismos serían expulsados.

Pero si Él pudo hacer eso a los judíos, la Biblia nos advierte que puede hacer lo mismo con los cristianos profesantes que creen que ya lo han alcanzado todo (Romanos 11:17-21). Si crees que ya lo sabes todo, puedes estar seguro de que espiritualmente, te has desviado de la meta.

Los maestros de la doctrina de "la soberanía de Dios" de hoy, dicen que ya tienen resuelta la "seguridad eterna" hasta el punto en que ya no tienen que tratar de obedecer a Dios. Estas personas que enseñan que la máxima herejía es enseñar a la gente a obedecer a Dios son, en sí mismas, los peores herejes del mundo, culpables de enseñar la rebelión mundial contra Dios en nombre de la religión.

Los pentecostales con su doctrina de "decláralo y reclámalo" son una manifestación solo ligeramente diferente de la misma herejía. Ellos prácticamente enseñan que puedes llevar a Dios a juicio en base a tu comprensión egoísta de cualquier promesa aislada en la Biblia, y "ordenarle" a Dios que cumpla su promesa; Él se verá obligado a someterse a tus decretos.

¡Cuán presuntuoso y cuán equivocado! ¡Y qué ironía que llamen a tal creencia y actitud “la soberanía de Dios”!

Dios pasó los dos primeros tercios de la historia humana y los dos primeros tercios de la Biblia enseñando a las personas que Él es el jefe. Él hace las reglas, y las rompe si así lo decide. Esa lección fue fundamental incluso antes que las personas pudieran comenzar a apreciar la revelación más elevada de Él como un Dios amoroso.

En el primer libro de la Biblia leemos que, “Se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón” (Génesis 6:6). Como resultado, Dios destruyó toda la tierra, con la excepción de Noé y su familia.

Aquí está este Dios que, según nuestros teólogos, es infinitamente amoroso y no puede cambiar, "arrepentiéndose" y destruyendo casi toda la vida en la tierra. Dicen que no puede hacerlo; pero sí lo hizo! Y un día pronto se "arrepentirá" de haberle dicho a las personas acerca de su amor, debido a la forma en que lo han utilizado como una arma para intentar quitarle su soberanía.

Cuando las personas dicen: "Si Dios es un Dios amoroso, ¿por qué hace aquello y lo otro?", están tratando de hacerse la máxima autoridad sobre lo que es o no es amar. Pero cuidado con la ira de un Dios amoroso. Si parece haber una contradicción en tu mente entre si Dios es amoroso o si es soberano (en el verdadero sentido de la palabra), entonces la apuesta más segura es olvidar todos tus pensamientos sobre el amor. Él es, sobre todo, soberano. Él dicta los términos, y si destruir el mundo es como elige expresar su amor, que así sea. Hasta que lo aceptes como soberano, no tienes derecho ni siquiera a abrir tu boca sobre su amor.

Nosotros los que hemos elegido someternos a la voluntad de Dios, incluso cuando va en contra de nuestra naturaleza humana, somos los únicos que verdaderamente podemos apreciar su amor infinito. Y somos los únicos que tenemos acceso a su infinita gracia. Para muchos de ustedes, Él viene, no como su Salvador, sino como su Juez. Hará que el diluvio se vea como un picnic de la escuela dominical por la fiereza de su ira. Tú y tu familia serán asesinados sin piedad, por no haberse sometido a la voluntad todopoderosa de Dios.

Puedes odiarlo por eso. Puedes decir que no tiene derecho a hacerlo. Puedes condenarnos por enseñar tal cosa. Pero no hará que el juicio de Dios sobre ti sea menos real.

Tú que llamas bien al mal, que justificas a los malvados, que condenas a los profetas de Dios, experimentarás la soberanía de Dios en ese día. Tu guerra contra la verdad quedará expuesta, al igual que las mentiras y los encubrimientos que ahora usas para convencerte a ti mismo y a tus seguidores de que están actuando en obediencia a Dios.

Dicen que las guerras más feroces son las guerras civiles, donde el hermano lucha contra el hermano. La razón de esto es que aquellos a quienes más hemos amado tienen la mayor capacidad de lastimarnos.

Es debido al amor insondable de Dios que ha sido herido tan infinitamente por tu rechazo de su papel como tu soberano. En el nombre de la libertad, en el nombre de la tolerancia, en el nombre del amor, has seguido tu propio camino y te has vuelto contra aquellos que te han traído la verdad de Dios.

Todavía hay tiempo para arrepentirse. Pero se está acabando rápidamente. Hasta que sueltes tus propias creencias y enseñanzas engreídas sobre tu propia soberanía por encima de Dios, y hasta que vengas ante Él con verdadera humildad, suplicando por su misericordia, no tendrás ni una chance en el millón de escapar de su ira. La decisión es tuya, pero las consecuencias estarán en las manos de Dios. No te demores.


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