El Apóstol Pablo comienza muchas de sus epístolas expresando agradecimiento a sus amigos, por su ayuda y por su firme fe.  Él intenta alentarlos en su fe y en sus diversos ministerios (por ejemplo, Filipenses 1:1-8).

Con nuestro énfasis en la honestidad y franqueza, sería fácil suponer que Pablo estaba usando halagos para lograr alguna agenda secreta.  Después de todo, ¡a menudo critica a las mismas personas a quienes acaba de dar cumplidos!

Así que, ¿Pablo estaba siendo honesto? Creemos que sí.

Parece que Pablo estaba mirando ambos lados de la moneda. Estaba intentando pulir la Luz que exisitía en cada creyente a quien ministraba, al mismo tiempo que atacaría la oscuridad que vio en ellos. Lo que Pablo hizo es un buen ejemplo para seguir... no sólo con las personas a quienes ministramos, sino también con nosotros mismos.

Jesús dijo: "Así alumbre la luz de ustedes delante de los hombres, de modo que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos." (Mateo 5:16)  Si entendemos que la "luz" de la cual está hablando es Dios mismo, entonces podemos "brillar" esa luz sin sentir que estamos siendo orgullosos o fanfarroneando.

Nuestro viejo ser estaba (y está) lleno de pecado, y regularmente tenemos que esforzarnos para tratar con esa parte de nosotros... la oscuridad.  Debemos buscar 'crucificar' todo lo que representa.  Pero la 'persona nueva' es Jesús mismo, y podemos regocijarnos con razón en Él, y deleitarnos grandemente con lo maravilloso que es su trabajo en nosotros.  Si mantenemos esas dos partes en perspectiva, seremos capaces de crecer en confianza, al mismo tiempo que podemos evitar ser orgullosos.

Nuestra confianza no está en nuestra propia bondad, ya que sabemos cuán malos podemos ser; pero nuestra confianza está en la 'luz' que está en nosotros, ¡ya que es Dios mismo quién mora dentro de nosotros y nos transforma en súper personas!

Como Cristianos, somos extranjeros y peregrinos - alienígenas en este mundo (1 Pedro 2:11).  La sociedad nos excluirá y tratará de avergonzarnos para que nos conformemos a los valores y estilos de vida que declara que debemos vivir.  Si nuestra fe va a sobrevivir, no podemos escuchar a la sociedad.  No debemos aceptar su imagen negativa de nosotros.  Tenemos que obtener nuestra inspiración, esperanza y auto-imagen de Dios mismo, de la Biblia, y de otros Cristianos. Tenemos que edificarnos los unos a los otros, y animarnos a alcanzar los atributos de Cristo que son parte de nuestra herencia.

No es posible volvernos la luz del mundo si no estamos dispuestos a nutrir, apreciar y proteger la luz que está dentro de nosotros. La luz de Dios es nuestra belleza interior, de la cual recibimos energía espiritual y esperanza para nosotros y para aquellos que conocemos.  No debemos dejar que una idea pervertida de humildad nos impida deleitarnos en la luz, y brillar a través de todo lo que hacemos... a través de nuestras expresiones faciales, de nuestro lenguaje corporal, a través de nuestras palabras y también de nuestros pensamientos.

A continuación, hay algunos pensamientos y consejos prácticos sobre lo que podemos hacer para alentar y proteger la luz que está dentro de nosotros.

1. Ver las dificultades y sufrimientos como los procesos de perfeccionamiento que son. (1 Pedro 1:7)  Puedes elegir dejar que te amarguen y depriman, o puedes elegir que te hagan más fuerte y más lleno de la luz de Dios. Usa tu imaginación para visualizar qué es lo que las pruebas están haciendo en ti y cómo te están transformando en algo más hermoso para Dios; y después, disfruta de tus dificultades del mismo modo que un atleta disfruta de su entrenamiento.

2. No desprestigiarte.  La humildad es un misterio, porque al mismo tiempo que se basa en la honestidad sobre nuestros defectos, también es un producto de la confianza en la justicia de Dios. Justicia que reside en nosotros por medio de la gracia de Cristo. Condenarte y reprenderte no logra la humildad. Acepta que eres un pecador, pero muévete rápidamente de ahí, para convertirte en el santo que has sido destinado a ser a través del amor de Dios. En vez de regañarte, lo que debes hacer es pasar algunos momentos cada día (especialmente cuando vayas a dormir y cuando te despiertas en la mañana) reflexionando en todas las cosas buenas que Dios está haciendo en tu vida y agradeciéndole por ellas. (Filipenses 4:13)

3. Mantén tu enfoque en el propósito que Dios tiene para tu vida.  Necesitas metas específicas, algunas de corto plazo, y otras de largo plazo; algunas personales y otras compartidas con tu familia o comunidad.  Por supuesto, estas metas tienen que ser determinadas con oración, y tienen que ser alcanzables.  Es tener un propósito que te da entusiasmo cuando te despiertas cada mañana (así que no descuides tus horarios). Ese entusiasmo crea una energía que es visible a todos aquellos que conoces, y es un ingrediente principal en la belleza que brilla desde tu interior.

4. Busca el bien en los demás y felicítalos por ello.  Al hacerles cumplidos a los demás ganarás dos veces.  Aquellos a quienes has dado un cumplido recibirán un aumento en sus espíritus (y pensarán bien de ti como resultado), y tú mismo experimentarás un sentir gratificante también... porque sentirás que la 'luz' que está dentro de ti es la que sale con el cumplido.  Dar un cumplido a alguien reforzará todos los pensamientos positivos que has tenido sobre la existencia de la luz de Dios dentro de ti, y verás que los pensamientos no eran mentiras o exageraciones; sino que realmente son verdad.

En conclusión, Pablo no fue un adulador. No tuvo un agenda secreta.  Habló la verdad como la vio.  Y la vio porque se enfocó en ella conscientemente, y dio elogios donde se los merecían.  El Espíritu de Dios realmente estaba en las personas que Pablo guió, incluso si cometieron muchos errores.  Y lo mismo es verdad sobre ti.  Pulir (o 'brillar') la luz que está dentro de ti y la luz que está dentro de los demás, "para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos." (Mateo 5:16)


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