El concepto de La Regla de Oro es simple y complejo al mismo tiempo. Parece tan fundamental y sencilla que es fácil suponer que la mayoría de la gente ya la sabe, a la vez, es algo que impacta profundamente todo lo que hacemos, lo cual la hace compleja para describir en pocas palabras.

La Regla De Oro, para cualquier persona que no la conoce, generalmente se expresa como, "Haz a los demás como quieres que te hagan a ti". Viene de algo que Jesús dijo en el Sermón del Monte, usando palabras ligeramente diferentes, pero expresando el mismo pensamiento. (Mateo 7:12)

¿Puedes ver lo simple y obvio que es? Si no quieres que otras personas te golpeen, entonces no las golpees a ellas. Pero se extiende desde ahí y puede terminar incluyendo cada aspecto de nuestras vidas y nuestra sociedad. En la medida que vivimos por este concepto, nos convertimos en lo que Dios quiere que seamos. En la medida que no vivimos así, nos convertimos en exactamente lo contrario.

Pero la mayoría de las personas, si bien reconocen el sentido común en La Regla De Oro, y desean desesperadamente que los demás las traten a ellas de esa manera, no lo practican ellas mismas, excepto en las maneras más primitivas.

Es solo cuando TÚ MISMO empiezas a practicar La Regla de Oro que comienzas a ver cómo este principio abarca todo. Incluso el dilema mencionado anteriormente (que deseamos que otros practiquen La Regla de Oro hacia nosotros, pero olvidamos de practicarla cuando a nosotros nos toca) es un ejemplo de la Regla siendo ignorada.

Podemos ver, por ejemplo, las fallas en los demás (e insistimos bastante fuerte que cambien), pero nos resulta mucho más difícil ver las mismas fallas en nosotros mismos (y nos ofendemos cuando otros intentan hacernos cambiar).

Jesús acusó a los líderes religiosos de hacer esto, es decir, esforzarse por colar mosquitos y tragar camellos. Tal hipocresía es la Regla de Oro siendo usada al revés.

Un ejemplo común que a menudo surge en los medios de comunicación es el clamor por sentencias más severas para los infractores de la ley: drogadictos, conductores ebrios, ladrones y personas culpables de delitos violentos. Sin embargo, si alguno de nosotros tiene problemas con la ley, exclamamos a todo pulmón que somos inocentes. Sí, superamos el límite de velocidad, sí falsificamos un poquito nuestros impuestos, sí empujamos a alguien durante un argumento y se intensificó rápidamente, pero básicamente no somos malas personas. En otras palabras, los que somos tan rápidos para acusar y reclamar justicia contra los demás, siempre asumimos que, hacia nosotros mismos, se debe mostrar la misericordia.

Uno de los mayores obstáculos para que la gente practique La Regla de Oro es que nos convencemos de que existe un abismo enorme entre los pecados que cometemos nosotros (o las injusticias que sufrimos) y los pecados que otros cometen (o las injusticias que otros sufren). Obviamente hay grados de diferencia pero cuanto más, por lo menos, intentes de invertir los roles, esas brechas se van a ver un poco más en su verdadera perspectiva, e incluso podrás descubrir a veces que la otra persona ha sido MÁS JUSTA (o ha sufrido una injusticia peor, o ha sido más inocente) de lo que hemos sido nosotros.

En muchos países del mundo, por ejemplo, la población general se han alborotado en histeria contra los refugiados... llamándolos inmigrantes ilegales e incluso terroristas, sin pensar en quiénes son realmente. En Australia en particular, casi todos ellos (generalmente después de años de demora deliberada y a menudo encarcelamiento por el Departamento de Inmigración) han eventualmente pasado las requeridas pruebas rigurosas para ser considerados auténticos refugiados, huyendo de una (a menudo horrible) persecución genuina en su país de origen. Obviamente, muy pocos de nosotros nos hemos puesto en su lugar e intentado mostrar el nivel de empatía y consuelo que nos gustaría recibir si estuviéramos huyendo por nuestras vidas después de ver a familiares violados, torturados o asesinados sin piedad.

Para ayudar a nuestra imaginación en cuanto a formar situaciones de Regla de Oro en nuestra mente, a menudo es necesario alterar algunos de los detalles para que podamos imaginar una situación de otra perspectiva. No es suficiente, por ejemplo, que digamos: "Es su propia culpa por vivir bajo un gobierno totalitario, o por pertenecer a esa religión". En tales casos, nos estamos excusando de empatizar con ellos porque son 'diferentes'. Pero el verdadero espíritu de La Regla de Oro se basa en el uso de tu imaginación. Imagina que el país del cual están huyendo es el tuyo. Imagina que el gobierno o la religión son los tuyos - y AHORA imagina cómo te sentirías.

Los psicólogos infantiles han descubierto que en el primer año de vida, un niño es incapaz de imaginar nada desde cualquier otra perspectiva excepto la suya. Si el niño puede ver algo, supone que todos los demás ven lo mismo, independientemente de dónde están. Y en un estudio similar, aprendieron que si el niño no puede ver algo, el niño supone que ya no existe (o que los demás no lo pueden ver tampoco).

Lamentablemente, muchos adultos no progresan mucho más lejos de esto. Es porque todos estamos más interesados en nosotros mismos y en nuestros propios sentimientos que en los sentimientos de los demás, por lo que se requiere un gran esfuerzo para ponernos en el lugar de la otra persona. Por ejemplo, si estás completamente despierto y entusiasmado sobre algo que deseas compartir por teléfono con un amigo en España o Estados Unidos, tienes que restringirte lo suficiente para calcular la hora en esa parte del mundo para evitar despertarlos a media noche con algo que no es tan importante. Pero es sorprendente la cantidad de personas que aparentemente son incapaces de hacer esto. Funcionan a nivel de un niño de dos años, y simplemente levantan el teléfono y hacen la llamada, y después preguntan, "¿Ah, pero qué hora es por allá?" cuando escuchan una respuesta somnolienta del otro extremo de la línea.

Para tales adultos emocionalmente inmaduros, toda la vida se ve solo desde su propia perspectiva. Y es deprimente la cantidad de personas que vive así. Es la razón por la que las películas a veces muestran a alguien sosteniendo un periódico con el titular significativo frente al público mientras se hacen comentarios. La audiencia responde más rápidamente a eso y no piensa del hecho de que el actor debe estar mirando algo muy diferente en el otro lado de la página.

Hasta que podamos llegar a ser tan buenos en imaginarnos cómo es estar en el lugar de alguien más, así como sabemos cómo es estar en nuestro propio lugar, nunca podremos apreciar el verdadero valor de La Regla de Oro. Debido que es más difícil para nosotros ver las cosas desde la perspectiva de la otra persona, debemos esforzarnos más y hacer más concesiones a la otra persona antes de poder estar cerca a una posición que es igualmente justa para ambas partes.

Esto es particularmente cierto en los procedimientos legales. A menudo los jueces son acusados de ser demasiado suaves con los delincuentes. Pero los jueces tratan con miles de personas reales como tú y yo, día tras día. Los ven como personas reales, con circunstancias atenuantes que llevaron a su crimen en particular, con un dolor genuino por lo que hicieron, y también con algunas dudas sobre si algunas de las personas acusadas aun cometieron el crimen. Los jueces también lo cargan en su propia conciencia personal si cometen un error. A menudo las penas máximas no parecen apropiadas imponerlas, especialmente para infractores sin antecedentes. Y las convicciones no parecen justas cuando existe un grado razonable de duda. Hay un principio que es ampliamente comprendido entre los expertos legales, y es que en general, es menos destructivo para la sociedad que una persona culpable escape de una condena, de que una persona inocente sea castigada.

Sin embargo, las cazas de brujas en los medios de comunicación contra ciertos delincuentes y grupos étnicos están llevando a una erosión significativa de los derechos humanos en muchas democracias occidentales. Países enteros se están haciendo la vista gorda a cosas como los campos de tortura porque se ajusta a nuestro deseo de juzgar a otras personas de una manera que nunca nos gustaría ser juzgados a nosotros mismos.

Hace varios años en Australia, había un joven que se ofreció como voluntario para los talibanes en Afganistán en un momento en que no había ninguna ley en contra de eso, y Australia no estaba en guerra contra los talibanes. Como no había infringido ninguna ley, el gobierno australiano conspiró con el gobierno estadounidense para enviarlo a la prisión de la Bahía de Guantánamo (algunos dirían a un campo de tortura). La Bahía de Guantánamo era necesaria porque en los Estados Unidos no había leyes que respaldaran lo que se estaba haciendo allá. Si hubiera un gran número de personas en cualquier país que pudieran ejercer La Regla de Oro en la medida en que se pudieran preguntar: "¿Me parecería justo que me encarcelen indefinidamente sin ningún derecho, por infringir una ley que nunca existió cuando supuestamente lo quebré?"... si hubiera un gran número de personas que pudieran hacerse esa simple pregunta, lugares como el campo de prisioneros de la Bahía de Guantánamo nunca habrían existido.

Hace muchos años, la esposa de Fred Nile (una figura religiosa muy conocida en Australia) hacía campaña para que se prohibiera a cualquier grupo de más de tres personas en las calles de Brisbane, Australia, calificándolo de asamblea ilegal. Tratamos de hacer que pensara en como la misma regla podría ser utilizada algún día contra ella, contra su iglesia, contra cualquiera. "Oh no," dijo ella. "Solo se usaría contra grupos indeseables". ¿Vez la ceguera que viene cuando uno no está dispuesto a aplicar el mismo razonamiento contra ellos mismos? Ella no estaba dispuesta a siquiera contemplar que la trataran a ella misma como quería tratar a los demás. En su mente, nunca iba a suceder.

Aquí hay otro ejemplo bastante trivial. Imagina que estás tratando de hablar un nuevo idioma o incluso pronunciar una palabra o nombre extranjero. Tomemos el nombre en inglés de Joseph, por ejemplo. Significa José, por lo que podría decir: "Solo voy a llamar a esa persona José". La mayoría de la gente vería que tal actitud no sería justa. Después de todo, si fueras inglés y te llamaras William, esperarías que la gente te llamara William y no Guillermo (español para William).  Lo que están haciendo no es tratar a la otra persona de la manera en que le gustaría que lo trataran a sí mismos. Si los musulmanes, por ejemplo, llaman a su religión islam y a ellos mismos musulmanes, entonces, ¿por qué los occidentales siguen insistiendo en llamarlos Moslems, o aun peor, mahometanos? Obviamente, porque no están siguiendo La Regla de Oro. Y tal terquedad conduce a todo tipo de tensiones y malentendidos entre las personas de todo el mundo.

Cuando aprendamos a mover las piezas de tal manera para, en nuestra imaginación, crear un escenario paralelo desde el cual podamos hacer comparaciones más justas entre cómo nos sentimos y cómo se sienten aquellos con quienes no estamos de acuerdo, llegaremos a conclusiones más justas acerca de cómo lidiar con esas diferencias. Si no lo hacemos, nos degeneraremos en individuos y sociedades donde todo está determinado por quien tenga más fuerza, incluso si esa fuerza no es más que un orgullo obstinado o la pereza.

Incluso en nuestras comunidades cristianas hay una tendencia a ser más duros con los demás de lo que somos con nosotros mismos. Para ser buenos líderes, no necesitamos ser blandengues ingenuos. Necesitamos desarrollar un sagaz discernimiento con respecto a las debilidades espirituales de los demás, y a menudo tenemos que enfrentar esas debilidades. Pero vale la pena nunca perder de vista nuestras propias debilidades y usarlas para hacer comparaciones de La Regla de Oro. Eso sí, no estamos hablando de una conspiración silenciosa donde acordamos tácitamente cubrirnos unos a otros y nunca desafiarnos unos a otros. Pero sí ESTAMOS hablando de un entendimiento de La Regla de Oro que nos hará expresar un desacuerdo de una manera que sea consistente en la que estamos preparados para aceptar nosotros mismos.

"Perdónanos nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores", es otra ilustración de La Regla de Oro. Si pensamos en esas palabras cuando las decimos, la mayoría de nosotros nos asfixiaríamos con ellas y en el mejor de los casos las cambiaríamos por algo así como: "Ayúdame a perdonar a los demás como me has perdonado". Porque si realmente fuéramos tratados por Dios con la misma dura indiferencia que tenemos por los demás, la mayoría de nosotros ya estaríamos pero bien chamuscados.

Finalmente, La Regla De Oro es una herramienta invaluable en la construcción de argumentos sólidos. La persona promedio cambia su razonamiento descaradamente dependiendo de si están en el ataque o si están a la defensiva. Recientemente se escuchó a alguien argumentando que la Biblia apoyaba un punto que estaba promoviendo. Pero en el momento en que otra persona usó el mismo verso para señalar una falla en el argumento de esa persona, él comenzó a atacar a la Biblia como poco confiable y que no debía tomarse literalmente. En ambos casos, necesitaba una posición con respecto a la Biblia que no tuviera que cambiar tan dramáticamente dependiendo de si apoyaba o no a su propia opinión o conveniencia.

Observa a los políticos cómo reaccionan ante un escándalo en su propio partido a diferencia de a un escándalo en otro partido. Observa cómo reaccionan cuando una encuesta dice que su partido está ganando en comparación a cómo reaccionan cuando la encuesta dice que el otro partido está ganando. Si usaran La Regla de Oro, se verían obligados a dar una respuesta que fuera coherente en ambas circunstancias.

Esto se ha convertido en un artículo bastante largo, y todavía parece que ni siquiera se ha rasguñado la superficie. En cada decisión que tomamos, en cada palabra que hablamos, hay espacio para considerar cuidadosamente cómo afectará a los demás, y cómo nos gustaría que nos afecte si estuviéramos en su lugar. Solo hace falta que desarrollemos la habilidad de formar ilustraciones de nuestra propia experiencia personal que se puedan usar como paralelos para ayudarnos a imaginar cómo podrían sentirse los demás, y luego tomar decisiones basadas en esas observaciones. Siempre se necesita una disposición de vaciarnos de fanfarronada, santurronería, y de la indiferencia y la impaciencia. Cuanto más la practiquemos, más veremos la NECESIDAD de aplicarla, y a su vez, que nunca la aplicaremos a la perfección.

Sería bueno ver a más personas haciendo un mayor uso de La Regla de Oro. Pero, es probable que haya otras reglas que te hayan ayudado a TI de igual manera, y que se han pasado por alto. Entonces, con eso en mente, nos puede ayudar a ser más pacientes con aquellos que no parecen considerar La Regla de Oro de la misma manera que nosotros. Y así es, más o menos, cómo funciona la regla ... ¡cuando uno recuerda usarla!


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