Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. (2 Corintios 7:10)

La convicción y la condena parecen, a simple vista, parecidas, pero en realidad son dos cosas bastante contrarias si tenemos en cuenta el origen de cada una.

El trabajo del diablo es condenar y el trabajo del Espíritu Santo es convencer. La convicción siempre incluye algún tipo de acción positiva que Dios está tratando de animarnos a hacer. La condena, por el contrario, a menudo se hace pasar por convicción, pero su objetivo final es desviarnos de lo que Dios quería que hagamos o cambiemos. La condena a menudo exagera los hechos de nuestra culpa en un intento por generar desesperación y sentimientos distorsionados de autocompasión.

Si escuchas con atención a personas que están actuando bajo la condena, a menudo deslizan algunas defensas, al mismo tiempo que dicen cosas condenatorios sobre sí mismas. Algo así como: "Soy un fracaso inútil, patético," seguido (o precedido) por: "pero yo no estoy tratando de ser malo". Hay algo de verdad en ambas afirmaciones, pero lo que tenemos que tener en cuenta es el fruto. ¿A qué está llevándo? ¿Guía hacia una mayor obediencia, o genera aun más confusión en la gente sobre lo que Dios está tratando de enseñarles?

Casi cada vez que alguien nos critica, nuestra reacción natural es decir algo como: "Yo no estaba tratando de ser malo". Eso es probablemente cierto.  Pero, no hay muchas personas que intenten ser malas deliberadamente, sin embargo, gran cantidad de maldad todavía ocurre. Tenemos que entender que parte de tratar de ser bueno es reconocer cuán fácilmente el mal sucede, con poco o sin esfuerzo consciente de parte de nosotros.

Una persona muy sincera siempre quiere encontrar la Verdad (con mayúscula), y la verdad es que no somos ni tan malos ni tan buenos como nuestro orgullo nos hace pensar. Principalmente, el orgullo nos dice lo bueno que somos.  Pero si no podemos evitar ver una verdad desagradable con respecto a nuestros pecados, nuestro orgullo pasa a exagerar lo malo que somos, y trata de decirnos que sentirnos condenados es una prueba de nuestra "humildad" y "sinceridad".

Pero hay otra paradoja. A veces la gente está equivocada sinceramente. Es decir, algunas personas realmente no se dan cuenta que se están mintiendo a sí mismas, y verdaderamente creen que sentirse condenados es la convicción de Dios. Tampoco tenemos que sentirnos condenados por el hecho de sentirnos condenados. Las cosas malas pasan y  todos fracasamos de vez en cuando. Lo que Dios quiere que hagamos cuando se nos confronta con la verdad es pedir perdón, levantarnos, sacudir el polvo y ponernos a trabajar en lo que Él nos había dicho que hiciéramos.

Debemos tener cuidado al pedir disculpas mientras estamos sintiendo bajo "condena", ya que podemos llegar a poner tanto esfuerzo en reprendernos a nosotros mismos al punto de terminar por olvidar qué era lo que teníamos que cambiar. Todo el esfuerzo que se destina a tratar de generar una disculpa convincente tiene ser puesto en "traer frutos dignos del arrepentimiento" (es decir, cambiar y hacer lo justo), lo cual logrará más bien. El cambio es la forma suprema de arrepentimiento.

Cuando alguien expresa condena, a veces se gana la piedad de otros que no son claros en su discernimiento.  A menudo las personas exageran su maldad para manipular a los demás a no esperar cambios genuinos. Pero si realmente queremos ayudar a alguien que nos está diciendo lo malo que es, se tendrá que trabajar para guiarlo hacia la convicción genuina de Dios, la cual conduce a un cambio en espíritu y acción.

Recuerda, la condena nunca nos ofrece un plan constructivo para el cambio, mientras que la convicción sí.  Si le preguntamos a Dios qué hacer, Él nos mostrará.  Dios disciplina a todos sus hijos y, si nos sometemos a su disciplina y obedecemos lo que nos manda, maduraremos y produciremos frutos duraderos y genuinos (Hebreos 12:5-11).



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