Hay varios cuentos infantiles en cual alguien consiguen la oportunidad de pedirle a un genio uno o varios deseos, y luego los desperdician en cosas que no les traen felicidad.  Similar a esas historias es la de Salomón a quien Dios dio un deseo.  No era tan diferente a otros cuentos, salvo que éste fue de verdad.  ¡Qué gran privilegio hubiera sido que Dios nos conceda un deseo! Y qué inteligente fue Salomón en pedirle la sabiduría. (2 Cronicas 1:7-12)

Salomón podría haber pedido la riqueza, el poder o la salud; pero, al pedir la sabiduría, ganó las demás cosas también. La sabiduría es, en parte, la capacidad de tomar las decisiones correctas cuando se presentan varias alternativas que parecen ser prácticamente iguales. De hecho, Salomón debe haber tenido algo de sabiduría ya para saber que lo que le convenía pedir era la sabiduría de Dios.

La conclusión obvia, para nosotros, es que deberíamos estar pidiéndole la sabiduría a Dios también. Y las oraciones que hacemos con respecto a eso son muy importantes en muchos aspectos de nuestras vidas.  

Jesús prometió a sus seguidores que ellos podían recibir cosas de Dios si las pidieran "en su nombre" (es decir, en unidad con él). Y Santiago dice en su epístola:

Y si alguno de ustedes tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.
(Santiago 1:5)

Eso debería darnos esperanza de poder recibir la sabiduría de Dios si la pedimos sinceramente.

En 1 Corintios 1:22-25 leemos que la sabiduría de Dios es considerado como locura por la mayoría de la gente.  Hemos notado que muchas veces la gente piensa que seguir completamente a Jesús muestra una falta de "sentido común".

Jesús comentó sobre la sabiduría de Salomón y explicó que existía una sabiduría mayor que estaba disponible a los que pusieran su fe en él:

La reina del sur viajó desde su país para escuchar las sabias enseñanzas del Rey Salomón, pero aquí tienen alguien que es más sabio que Salomón.
(Lucas 11:31 parafraseado)

También dijo:

Las flores silvestres no trabajan ni hacen ropa para sí mismas, sin embargo ni el Rey Salomón con toda su riqueza tenía ropa tan hermosa como una de estas flores. Si Dios puede vestir tan maravillosamente a la hierba del campo, ¿no te vestirá a ti también si tienes fe?
(Lucas 12:27-28)

Él sermón del monte termina con una historia sobre un hombre sabio y un hombre necio. El sabio fue el que escuchó las enseñanzas de Jesús y luego las puso en práctica. Nada pudo sacudir su casa. El hombre necio oyó todo, pero él no obedeció, y como por resultado su casa terminó en ruina. (Mateo 7:24-27)

Tomando esto en cuenta, vemos que el mundo está poblado de necios: personas que hablan de seguir a Jesús y usan frases religiosas, pero que nunca lo toman en serio.  Cuentan historias sobre pedirle a Dios la sabiduría, pero nunca se la piden sinceramente ellos mismos.  Hablan de que la vida es más que la riqueza material, pero después viven como si nada importara salvo ganar dinero. Escuchan las enseñanzas de Jesús, pero nunca consideran obedecerlos. ¡Necios! Cada uno de ellos.

Tenemos, en las enseñanzas de Jesús, la fórmula para llegar a ser incluso más sabios que Salomón, y todavía la gente la ignora, porque prefiere desperdiciar sus vidas en trivialidades. ¡Qué tragedia!

La sabiduría no tiene nada que ver con niveles de Coeficiente Intelectual o títulos universitarios. No requiere disciplina sobrehumana o un autodominio superdesarrollado. A la gente le falta sabiduría simplemente porque nunca pensó en pedírsela a Dios. Sus vidas se desperdician buscando todo lo demás excepto la capacidad de tomar las decisiones correctas acerca de lo que deberían estar buscando en primer lugar.

La sabiduría es la mayor forma de sentido común.

Por ejemplo... El sentido común nos dice que todos vamos a morir un día, y que aproximadamente la mitad de nosotros moriremos en el lado juvenil del promedio nacional de las muertes. Podría suceder cualquier día. Y cuando esto ocurra, nada importará tanto como haber pasado nuestra vida haciendo el bien... por Dios y por los demás. Ninguna declaración teológica importará cuando estemos parados delante de Dios, porque no vamos a ser juzgados de acuerdo a nuestra teología, sino de acuerdo a nuestras obras. Lo que importará será si nos arrepentimos de nuestra maldad y si nos esforzamos por vivir en armonía con la verdad que habíamos recibido; y la verdad que más claramente conocemos proviene de alguien que afirmaba ser el hijo unigénito de Dios.

El sentido común nos enseña que debemos construir nuestras vidas en base a las enseñanzas de Jesús, si queremos agradar a Dios. El sentido común nos dice que cualquier pequeño placer que podamos perder mientras hacemos eso sería un pequeño precio a pagar para heredar la vida eterna de la cual hablaba Jesucristo.

El sentido común nos enseña que las cosas que son importantes para todo el mundo (una buena reputación, un buen coche y ropa, ganar discusiones, un buen trabajo, una gran cuenta bancaria) realmente no cuentan para nada un segundo después de que nuestro corazón deje de latir.

Y no es que se trate solamente de promesas de lo que vendrá después de morirnos.  El sentido común nos enseña que una conciencia limpia, la integridad personal, la confianza que viene de conocer la verdad y no tener miedo en decirla y la buena sensación de logro que llega cuando se sabe que uno ha estado haciendo lo mejor con su vida y lo mejor para los demás son todos mucho más reales y más tangibles que una lata de coca-cola o la ropa de marca.

Así que la sabiduría no es tan difícil de conseguir si la deseas. Sólo un necio la dejaría pasar.

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