Los evangelios contienen una promesa emocionante de parte de Jesús a sus seguidores. Él dijo que si dos de nosotros podemos ponernos de acuerdo con algo que queremos de Dios, entonces lo podemos tener. (Mateo 18:19)

Quisimos entender exactamente lo que significaba esto, para comenzar a utilizar tal promesa de la mejor forma, así que lo estudiamos con mucha oración.

Lo primero que notamos es que solo se necesitan dos personas para obtener el resultado deseado. De alguna forma esto se ha pasado por alto en el concepto popular sobre la oración en muchas iglesias. Muchas personas suponen que el criterio principal es cantidad. Creen que cuantas más personas puedan involucrarse en sus oraciones, más éxito van a tener en recibir lo que desean. Esto ha resultado en el fenómeno de las cadenas de oraciones y otras supersticiones similares.

Calculamos que si algo se estaba pasando por alto con este contrato probablemente era con respecto a tener unidad sobre qué pedirle a Dios. Entonces hicimos experimentos con algo que se llama "oraciones conversacionales". En vez de concentrarnos en números o intensidad con nuestras oraciones, nos enfocamos en hablar primero entre nosotros sobre qué exactamente queríamos sobre todas las cosas, convencidos de que si pudiéramos ponernos de acuerdo plenamente de forma profunda, entonces lograríamos los resultados.

Alguien podría, por ejemplo, pedir oración por una sanación física. Pero antes de poder estar seguros de que eso era lo que también la otra persona quería (o si incluso era lo que realmente quería la persona que pidió la sanación), teníamos que considerar varias posibilidades. ¿Y si había algo que Dios quería enseñarle a la persona enferma? ¿Y si la sanación física de la persona resultaba en que la persona se alejara de Dios o que hicieran algo dañino a ellos mismos o a otra persona? ¿Y si el sufrimiento de esa persona podría ser una fuente de inspiración para los demás?

Claramente, solo Dios mismo sabe lo que sería mejor tanto para el individuo como para todos los que están involucrados. Así que por fin nos dimos cuenta que encontramos la unidad más profunda el uno con el otro con respeto a prácticamente cada petición por medio de enfocarnos en una pequeña parte del "Padre Nuestro": "Hágase tu voluntad".

Jesús mismo lo oró en su momento más oscuro. Dijo, mientras pensaba en el sacrificio que estaba por hacer, "Padre mío, si es posible, haz que pase de mí esta copa. Pero que no haga mí voluntad, sino la tuya." (Mateo 26:39)

Orar por la voluntad de Dios es la oración en la cual más podemos ponernos de acuerdo, profundamente, apasionadamente, y eternamente.

El mismo grito de corazón de cada seguidor genuino de Dios debe ser igual: "Hágase tu voluntad." Y si dos o tres pueden ponerse de acuerdo con tal oración, podemos, con Jesús, estar seguros que se va a cumplir, y que se va a crecer espiritualmente de una forma que nunca hubiera sido posible con la manera vieja, egoísta, y superficial, de orar que termina siendo parecido a una lista de compras o pedidos.

Descubrimos que otras promesas que se claman egoístamente de parte de los gurús de prosperidad y sanidad, de igual manera se han malentendido. Por ejemplo, la promesa que hace Jesús, "Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan todo lo que quieran, y se les concederá." (Juan 15:7) Esto viene en medio de una descripción de Jesús como la vid, y nosotros los sarmientos, con Dios como el labrador que nutre y poda la vid, cortando los sarmientos que han perdido contacto con la vid que les da vida.

La promesa dice que podemos pedir "lo que queremos". Pero, si verdaderamente somos parte de la vid, ¿qué es lo que "queremos"? ¿Es posible que una rama de una vid de uvas "quisiera" manzanas o naranjas? Más al caso, ¿es posible que un sarmiento verdadero quisiera básicamente e instintivamente más que cualquier otra cosa tener un mejor empleo, un auto nuevo, o una casa más grande? No. Lo único que el sarmiento quiere es lo que la vid misma quiere. Si una rama quiere algo que no quiere la planta, entonces deja de ser parte de la planta, y llega la hora en cual se corta de la planta y se tira al fuego.

Así que pongámonos de acuerdo en nuestras oraciones, y pidámosle a Dios por lo único que puede trae una verdadera satisfacción: pidamos la voluntad de Dios...sea difícil o fácil. La felicidad verdadera y duradera solo puede venir de la sabiduría infinita de nuestro Creador.

Solo Dios sabe lo mejor para cada uno de nosotros. Hágase SU voluntad. ¿Amén?

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