La palabra "disculpa" no aparece en la versión Reina Valera de la Biblia, aunque hay referencias sobre "confesar" nuestros pecados y ser perdonados por ellos.

El problema con la interpretación moderna de las disculpas es que generalmente no contienen ningún indicio de arrepentimiento. "Disculpa si te ofendiste por mis comentarios" es lo que típicamente escuchamos como disculpa. De hecho, a menudo le sigue una declaración inmediata de inocencia: "Mi intención solo era ayudar".

Tales disculpas tienen el efecto de hacer que el o la que se disculpa sienta que ha hecho lo correcto, por lo cual ser perdonado debería ser la respuesta automática. "Después de todo, pedí disculpas", piensan. "¿Qué más esperan?"

Esta suposición de que el perdón siempre debe de ser el resultado de una disculpas no parece seguir la verdadera enseñanza cristiana. Mucho de nuestro desacuerdo con lo que se enseña como "gracia" en las iglesias gira en torno a su afirmación de que Dios absolutamente debe pasar por alto cada pecado por parte de alguien que ha realizado un ritual religioso. Aquí el ritual usualmente involucra alguna referencia a la confesión. Pero aun así parece que todavía falta algo.

Decir: "Señor, soy un pecador (pero también lo son todos los demás)" no califica a alguien para el perdón más que otros que no han aprendido a recitar esta formula secreta.

Desde una comprensión básica del evangelio, incluso las disculpas o confesiones dramáticas y con lágrimas pueden no calificar a alguien para el perdón. Nuestra razón para decir esto es porque cualquier disculpa o confesión, que presume que el perdón es el necesario (y requerido) resultado, está basada en “ley” en vez de “gracia”.

La gracia verdadera es algo que no puede ser ganada o exigida. Es totalmente a discreción de quien la ofrece. La teología que enseña que Dios (bajo CUALQUIER circunstancia) está obligado a perdonarnos es herejía. No importa cuántos textos de prueba se puedan producir para argumentar que Dios debe hacer cualquier cosa. Dios hace las reglas, y también puede romperlas si así lo decide.

Es la naturaleza de los teólogos (y lideres religiosos) separar a Dios en partes y empaquetarlo para distribución masiva. Pero solo se están engañando a sí mismos si creen que Dios va a seguirles el juego. Lo único que podemos decir con absoluta certeza acerca de Dios es que no podemos decir nada con absoluta certeza sobre Él. Él siempre tiene la última palabra.

Así que la pregunta sigue siendo: ¿Cómo se obtiene el perdón? Si las disculpas y confesiones de pecado no son suficientes, ¿entonces qué es necesario? Una respuesta es que las disculpas y las confesiones POSIBLEMENTE funcionarán, pero solo cuando dejamos de tomar la posición de que DEBEN funcionar. Las "formulas" legalistas de salvación producidas en masa son las que tienen menos probabilidades de funcionar.

Y cuando entendemos que no hay garantías simplistas, entonces nuestras disculpas y confesiones deben ser una especie de humilde desesperación que está más cerca a lo que Dios realmente quiere. Un término que más se acerca esto es: "el arrepentimiento". La Biblia dice que Jesús iba a todas partes predicando: "¡Arrepiéntanse! ¡Porque el reino de Dios se ha acercado!".  El arrepentimiento significa literalmente, "un cambio de mente".  Implica un cambio de comportamiento. Más que eso, implica un profundo cambio espiritual... que nace del corazón del individuo.

Juan el Bautista llamó a la gente al arrepentimiento, pero cuando algunos líderes religiosos vinieron a pedirle su bendición, él les exigió que "produzcan frutos dignos de arrepentimiento". En otras palabras, una rápida inmersión en el agua, o una declaración de fe, no eran suficientes. Necesitaban mostrar algún cambio en sus vidas.

Alguien ha dicho que la mejor disculpa es dejar de hacer eso por lo que te has disculpado. Nadie es perfecto, pero esa no es una excusa para dejar de TRATAR de ser perfecto. Gandhi dijo que no solo quería ser PERDONADO por sus pecados; quería poder DEJAR DE PECAR. Parece que esta actitud está más cerca al verdadero arrepentimiento de lo que sucede en miles de iglesias cada semana.

Hasta que detestemos el pecado al punto que nos apartemos de él (es decir, que nos arrepintamos) nuestras disculpas no tendrán sentido. En la prisa por obtener la absolución (presuntamente con la actitud de que, después, podemos seguir haciendo lo que nos plazca, e incluso pecar un poco más) muchos de nosotros hemos perdido lo que realmente se necesita para obtenerla. Dios está buscando un cambio fundamental en nuestra actitud... un reconocimiento de que no somos dignos, y un profundo remordimiento por nuestro pecado... un deseo incontenible de cambiar (es decir, arrepentirnos).

Quizás necesitamos parar de hablar (y pensar) sobre el perdón antes que lo recibamos.


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