Es común oír a personas quejándose acerca de tener que comer las “sobras”. Es desconcertante a veces, porque es dicho como si hubiese algo inferior en las sobras. Comida que fue absolutamente deliciosa la noche anterior, de repente tiene esta terrible reputación al próximo día.

Hemos desarrollado una clase de obsesión por consumir las sobras, y es una obsesión que se extiende a una gran cantidad de otras cosas aparte de la comida. Odiamos ver que se desperdicie cualquier cosa, y hemos notado que la mayoría de la gente tiene una aversión a consumir las sobras, remanentes, restos, la última porción al final del frasco, etc. Así que cuantos más pequeños restos podamos utilizar bien, más satisfechos nos sentimos.

Un beneficio extra de consumir las sobras es la pulcritud… e incluso una apariencia de riqueza. La heladera tiene más espacio para botellas llenas de leche y cartones enteros de huevos; en vez de media docena de frascos con un poquito de mermelada al final de cada uno, hay un frasco casi nuevo, y casi lleno.

La basura se recicla, mientras los mejores artículos están disponibles para otros o para ser vendidos.

Incluso hay restos relacionados a tareas. La mayoría de las personas se van de una tarea dejando detalles sin resolver, mientras que los amantes de las sobras dan el toque final sobre lo que otros han dejado a la mitad. Ellos ponen las herramientas en su lugar, limpian las huellas de barro, refriegan el desagüe de la bañera, recogen las prendas sucias y generalmente limpian detrás de aquellos que toman las partes más fáciles y luego dejan el resto.

A menudo la tarea de terminar los detalles finales es abrumadora, especialmente en una sociedad rica. En todos lados hay sobras atestando estantes,  habitaciones y el paisaje. En todos lados hay tareas sin terminar, porque  un nuevo interés ha llamado la atención de la persona que lo estaba haciendo.

Es probable que alguien considere trivial e innecesario siquiera escribir sobre ésto; pero creemos que hay una importante lección espiritual aquí, acerca de ser fieles con las pequeñas cosas antes de que Dios pueda hacernos administradores de cosas más grandes.

Santiago dice en su carta “¡Vamos ahora (una expresión equivalente a decir ¡qué vergüenza!), ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras” (Santiago 5:1-3)

Sin importar si pensamos que somos ricos o no, si tenemos más posesiones (o más tareas) de las que podemos mantener, entonces necesitamos simplificar. Eso podría significar limpiar, reparar, reutilizar, o simplemente dar libremente o descartar los artículos oxidados, enmohecidos, pasados de temporada, desordenados o sobrantes. Cuando se refiere a tareas, necesitamos poner en orden nuestras prioridades y asegurarnos de que hemos finalizado completamente las más importantes antes de apresurarnos a empezar otras. Deberíamos ser capaces de presentar cada tarea finalizada como una ofrenda a Dios, algo de lo cual podamos decir con confianza que hemos completado casi a la perfección. Sin detalles por acabar, nada dejado para que otros tengan que terminar por nosotros.
Es satisfactorio ver un trabajo acabado, aun si es simplemente vaciar hasta lo último el frasco de mayonesa, o hacer los toques finales a una pintura. Pero hay tantas tareas sin terminar en el mundo, que oramos por más de tales trabajadores.


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