Un ensayo de León Tolstoi

Desde el momento que nos levantamos en la mañana hasta que volvemos a dormir nuestras vidas consisten en una serie de hechos. Cada día tenemos que decidir, de todas las posibilidades, qué es lo que vamos hacer. Pero sin guía en la elección de nuestras acciones estamos perdidos.
 
¿Cómo vamos a decidir? ¿Qué nos va guiar? Por la mayor parte recurrimos a un número interminable de datos y acciones que constituyen lo que se llama los buenos modales, costumbres, deberes, y incluso deberes "sagrados". Miramos alrededor para ver qué es lo que otros están haciendo y creemos que la gente que está haciendo estas cosas saben por qué las están haciendo. Nos hemos convencido de que lo que hacemos tiene significado, si no es totalmente conocido por nosotros, por lo menos es conocido por los demás.
 
Pero esta misma gente a quien recurrimos se encuentra en la misma situación. Hace lo que hace sólo porque otros (quienes, como le parece a ella, aparentan tener razones por sus acciones) le exigen lo mismo. Y así, involuntariamente engañandonos los unos a los otros, cada uno se acostumbra cada vez más, no solamente a estas cosas sin entender por qué, sino también nos acostumbramos a asignar un misterioso e incomprensible significado a las cosas que hacemos. Y cuando menos entendemos el significado de lo que hacemos, más dudosos se vuelven estos actos, más importancia les atribuimos, y con la más grande seriedad los llevamos a cabo.
 
Ricos y pobres, todos nos comportamos y actuamos como los que están a nuestro alrededor y pensamos que estamos cumpliendo con nuestro deber, asegurándonos a nosotros mismos por el pensamiento de que lo que ha sido hecho por tanto tiempo por tanta gente, y es tan altamente apreciado por ellos, no puede ser otra cosa que el verdadero propósito de la vida. Y vivimos hasta una edad avanzada, y morimos, creyendo que aún si nosotros mismos no sabemos por qué vivimos, por qué estamos aquí, otros saben el porqué de vivir- la misma gente que precisamente sabe tan poco del tema como nosotros que dependemos de ellos.

Sumado a esto, nueva gente nace, crece, y, mirando a este remolino de la existencia llamada vida - en donde respetados hombres viejos y canosos, rodeados por la reverencia del pueblo, afirman que esta conmoción insensata es la vida, y que no hay otra - se van pisoteados después de estar empujados en las puertas de la vida.  Alguien que nunca ha observado una asamblea de personas, habiendo visto una apiñada y animada muchedumbre en la entrada, y habiendo decidido que esto es la asamblea misma, después de haber sido codeado en la puerta, se va a su casa con costillas doloridas y bajo la plena convicción de que realmente vió la asamblea.

La totalidad de nuestra complicada actividad frenética, con nuestro ajetreo, nuestras guerras, modos de comunicación, nuestra ciencia y arte, es, en su mayor parte, parte, solo empujones de parte de la multitud insensata en la puerta de la vida.

Perforamos montañas, volamos por el mundo, tenemos electricidad, microscopios, telefonos, guerras, parlamentos, filantropía, universidades, sociedades académicas, museos - pero, ¿para qué es todo eso? ¿Esto es la vida?


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