Hay una poderosa conexión entre perdonar a los demás y ser perdonados nosotros mismos.

Eso es, esencialmente, el mensaje entero de este artículo. El resto está escrito para demostrarte cuán poderosa es dicha conexión.

Hay personas que pondrían pequeñas objeciones sobre si comienza con nosotros perdonando a otros o con Dios perdonando a nosotros. Obviamente, ya que Dios nos creó, Él es el origen de todas las cosas. No hay duda de que es Él quien ha tomado la primera iniciativa en amarnos, incluso si solo consideras su acto amoroso de creación. Pero todos los esfuerzos de Dios para amar y perdonarnos son en vano si no los aceptamos. Y de alguna forma, ser capaz de aceptar el amor de Dios está conectado con ser capaz de perdonar a otros.

Es como la pregunta: “¿Cuál vino primero, el huevo o la gallina?” Ambos dependen del otro. Aceptar el perdón aumenta nuestra habilidad de perdonar a otros, y perdonar a otros aumenta nuestra habilidad de aceptar el perdón.

El Padre Nuestro (“Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Mateo 6:12), muestra un imagen de nuestro perdón por Dios siendo ligado a nuestro perdón hacia los demás. Es una de las partes más difíciles de orar en esa oración. ¿Quién más termina reconstruyendo la frase a algo como, “Por favor, ayúdame a ser más indulgente hoy”? ¿No es que nuestro nivel de indulgencia es tan terriblemente imperfecto que deberíamos temer por nuestra propia salvación si Dios perdona a nosotros del mismo modo tan imperfecto que nosotros perdonamos a los demás?

Aquellos que alegan que no existe tal conexión, que Dios nos perdona por completo, perfectamente, y sin condiciones, sin importar si perdonamos a cualquier otra persona, no son convincentes cuando sus propias vidas demuestran una amargura arraigada. ¿Cómo podemos continuar despreciando a otros que nos han herido, si/cuando nos damos cuenta con cuánta gracia Dios ha perdonado a nosotros?

Es la misma historia de rechazar el mosquito y tragarse el camello. Hay cristianos que están listos para condenar a otros a una eternidad en el infierno por no tener la teología perfecta, pero aseguran que ellos mismos podrían vivir como el diablo y todavía lograr llegar al cielo por algún tecnicismo (Ejemplo: que ya dijeron alguna oración ritualista, pidiendo a Jesús que entre en sus corazones). Un ciego puede ver que algo no está bien cuando ese tipo de cosa sucede.
O, para usar otra analogía de Jesús, hubo un hombre que fue perdonando por una gran deuda que debía al Rey (Dios), quien después de ser perdonado fue y puso a otro en la cárcel por una deuda mínima que le debía a él. El resultado fue que el Rey (quien representa a Dios, recuerda) decidió retractar su perdón. (Mateo 18: 23-35) Qué acto más impensado en los ojos de aquellos que enseñan que Dios no puede hacer eso. ¡Pero mira! Él es Dios después de todo, y si desea romper las reglas como las percibimos nosotros, que así sea.

En la parábola del sirviente implacable tenemos los dos lados teológicos representados. El rey (Dios) inició la gracia al perdonar al hombre primero. Al mismo tiempo, el perdón era revocable… si el hombre se negaba a perdonar a otros, entonces perdía su propio perdón.
Para aquellos que lo encuentran demasiado difícil de aceptar, aquí hay otra interpretación. Quizás (bajo una inspección más cercana) el perdón ofrecido nunca fue aceptado realmente en primer lugar. Tal vez el hombre tuvo que realmente creer algo en lo que, en verdad, no creyó. Lo que estamos sugiriendo aquí, es que, por todo lo que se habla sobre la gracia de Dios, quizás la gente que la predica, no la cree. Tal vez estén demostrando que no lo han aceptado a través de su actitud inclemente hacia los demás.

Hay algo que siempre nos deja perplejo: hay gente que habla de que ellos mismos pueden poder matar, violar, robar, saquear, y aún así lograr llegar al cielo (porque dijeron la oración del pecador) pero están listos para condenarnos a nosotros por tratar de obedecer las enseñanzas de Jesús, y decir que seremos expulsados del cielo por haber sido tan audaces de hacer tal cosa. ¿Acaso un Dios indulgente y amoroso no tendría el poder de perdonarnos por intentar trabajar para ganarnos nuestro lugar en el cielo (como ellos describen cualquier intento de obedecer a Jesús)?

Pero, eso es una desviación del tema…

El propósito real de este artículo no es debatir teología, sino animarnos a evaluar nuestras relaciones humanas. ¿Qué estamos haciendo sobre toda la amargura que tenemos hacia la gente que nos han agraviado?

Es fácil empezar a pensar que incluso Dios mismo no puede perdonar a alguien que no está arrepentido. Y fácilmente puede volverse una excusa para mantener un cálculo de quién nos ha perjudicado personalmente. Pero eso está mal. Jesús oró, mientras estaba muriendo, “Padre, perdónalos. No saben lo que hacen”. (Lucas 23:34) Esteban oró algo similar mientras fue apedreado a la muerte. (Hechos 7:60) Ellos pudieron haber orado, “Padre, juzgalos por lo que están haciendo”. Pero estaba dentro de su poder perdonar esos pecados (porque fueron cometidos contra ellos mismos) incluso sin que el pecador estuviese pidiendo perdón.

Y Jesús nos ha dado ese mismo poder. Él dice, “A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados”. (Juan 20:23) Esa es una gran promesa, pero una que la mayoría de nosotros no aprovechamos, porque en verdad NO QUEREMOS perdonar a nuestros enemigos.

Si lo hacemos porque hemos sido perdonados, o para ser perdonados, necesitamos perdonar, y hacerlo incondicionalmente… por nuestro bienestar espiritual, si no por el bienestar de la gente que perdonamos. Incluso puede que esté muerta, pero aún así, necesitamos perdonarla, para que podemos experimentar el perdón nosotros mismos en un sentido más profundo de lo que hasta ahora hemos experimentado.

Hemos visto gente, tanto fuera como dentro de nuestra comunidad, que destruye su vida por guardar rencor. Defiende su derecho de ser amarga, pero suena parecido a alguien tratando de defender su derecho a suicidarse. ¿Por qué defender algo que te está haciendo tanto daño? No queremos condenar a nadie por ser amargado. Lo que queremos intentar hacer es salvarlo del ciclo horrible que crean por sí mismos al guardar rencor.

¿Quieres ser perdonado? Entonces suéltate de tu enojo y amargura hacia los demás. ¿Quieres dejar tu enojo y amargura hacia los demás? Entonces confía en Dios que te ha verdaderamente perdonado. Mientras más genuinamente entiendas que Dios te ha perdonado, más vas a poder perdonar a los demás. Y mientras más perdones a los demás, más vas a experimentar el indulgente amor de Dios.

Hay una poderosa conexión entre perdonar a otros y ser perdonados nosotros mismos.


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