"Este tipo [de demonio] no sale, excepto a través de ayuno y oración" (Mateo 17:14-21).

La situación en la historia de Mateo 17 es que algunos de los discípulos se encontraron a un chico poseído por un demonio y trataron de echarlo fuera de él, pero no pudieron hacerlo. Eso frustró a Jesús, quien dijo que el problema era la falta de fe de sus discípulos. Él les dijo que si tuvieran fe, podrían ordenar a una montaña moverse y saltar al océano. Y concluyó diciendo que este tipo de fe que él estaba buscando no se obtenía sin oración y ayuno.

En este artículo, consideraremos las debilidades en el entendimiento tradicional de "ayuno", así como también en el entendimiento tradicional de "fe".
El enfoque tradicional con respecto al ayuno es de total abstinencia por un período corto de tiempo, seguido por un período de tiempo mucho más largo en el que no ayunamos para nada. Todo o nada, blanco o negro. Pero no estamos seguro de que esto sea realmente lo que el ayuno representa.

Al compararse a sí mismo con Juan el Bautista, Jesús notó que la mayoría veía a Juan como un inapetente y a Él como a un glotón.  Sin embargo, cuando sus discípulos fueron incapaces de echar el demonio, Jesús les dijo que el problema verdadero fue una falta de fe, causado por una falta de oración y ayuno.
De acuerdo a esta afirmación, parecería ser que Jesús debió haber ayunado. Es razonable asumir que Él no hubiera estado reprendiéndolos por fallar en hacer algo en lo que había fallado Él mismo.

Es probable que Jesús haya hecho ayuno tradicional, dejando completamente la comida en ocasiones. Pero recuerda que Él también enseñó a ayunar en secreto. Él tenía tan poca privacidad que hubiera sido casi imposible para Él dejar de comer sin que la gente lo supiera. Así que es muy posible que sus ayunos consistieran en comer comida pero menos cantidad de lo que su carne hubiera querido.

En otras palabras, Él hubiera  ayunado de una forma que hubiera pasado desapercibida para los que lo rodeaban. Sólo comiendo pequeñas cantidades o dejando pasar algo que era particularmente tentador en sabor. Y imaginamos que Él hubiera aprendido a escuchar a Dios con respecto a cuánto comer en cada comida.

La importancia de este tipo de ayuno es que enseña la responsabilidad personal en cada momento. Pablo nos dice en Tesalonicenses que recemos sin cesar (1 Tesalonicenses 5:17). Ya que parece haber un vínculo entre la oración y el ayuno, tal vez necesitamos ayunar sin cesar también.
En Lucas 2:37 leemos sobre una viuda de 84 años que ayunó y oró continuamente. Ella también debió haber practicado un tipo de ayuno que no requirió dejar de comer completamente. Pablo parece defender este enfoque cuando escribió a los corintios: "Lo que coman o beban", él dijo, "o lo que sea que hagan, háganlo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31).

La idea de ayunar sin cesar (como el concepto de orar sin cesar) nos aleja del enfoque religioso "todo o nada" de nuestra relación con Dios. Requiere que seamos instantáneamente obedientes en los pequeños detalles de nuestras vidas y estar en constante contacto con Dios. Esto contrasta con ver nuestra relación con Él como algo que ya hicimos con un sólo ritual en el pasado.

Este enfoque no debería interpretarse como que la persona que como menos es la más espiritual. Al contrario, podría llevar a que algunas personas sean más liberal con respecto a lo que comen. Su ayuno podría requerir de ellos comer algunas cosas que antes temían comer. "Anoréxicos", por ejemplo, aprenderían a comer más, y "bulímicos" a comer menos. Ayunar sin cesar no necesariamente implica abnegación absoluta, sino obediencia total.

Pedir a Dios por dirección con respecto a lo que comemos podría ayudarnos a ser más agradecidos por cada pedazo de comida que Dios nos da. Realmente, podríamos comer y beber para la gloria de Dios con este enfoque, como también ser más abiertos a sus instrucciones cuando quiere que nos detengamos.
Ahora vinculemos este enfoque del ayuno con el problema que los discípulos tenían para echar al demonio del niño. Jesús los reprendió por su falta de fe. Nuestra reacción normal a esto sería pensar que ellos debieron gritar más fuerte a los demonios y clamar "victoria" incluso cuando fracasaban.

Este es la tradicional postura Pentecostal frente a tales cosas. Pero está basado más en la falta de fe que en la verdadera expresión de fe que Jesús estaba buscando. La fe que Él estaba buscando sólo era encontrada en un contacto permanente con Dios. Jesús estaba diciendo que no se echa demonios en base a teología o alguna declaración doctrinal.

Los discípulos llegaron, en esta situación, a la conclusión correcta: que ellos debieron echar al diablo fuera del niño, pero no fueron dirigidos por Dios. Les faltó el poder supernatural para hacer lo que ellos creían correcto. Decidieron atacar al demonio en base a puro razonamiento humano. El niño estaba poseído y sus familiares vinieron por ayuda. Entonces, inmediatamente, actuaron en un esfuerzo para cumplir con las expectativas de esta gente.

Pero hay sólo una forma de hacer algo supernatural, ya sea arrojando montañas al océano o echando demonios de la gente, y eso es hacerlo porque Dios te pide que lo hagas. Por supuesto, si no estás en permanente relación con Dios, entonces no sabrás qué hacer. Estarás fanfarroneando, con la esperanza de que Él te apoyará si errases en lo que sea que Él te hubiera pedido si te hubieras tomado el tiempo para preguntarle y escucharlo.

Debido a nuestro malentendido tradicional sobre la fe, asumimos que una ‘gran’ fe nos posibilitará hacer milagros espectaculares. Y debido a que ninguno de nosotros puede hacer milagros espectaculares, nos sentimos fracasados. Nos sentimos intimidados por los charlatanes y los impostores, y nos sentimos tentados a imitar sus signos y prodigios mentirosos. Pero esa no es la respuesta. La debilidad de este enfoque es que ve a la fe en términos "nosotros y los milagros", en vez de "nosotros y Dios".

Los milagros son el resultado de la fe y la fe tiene que ver con Dios, no con los milagros. Jesús dijo que cuando tenemos fe en Dios, podemos hacer todo lo que Él nos dice que hagamos. Si nos dice que volemos o que echemos demonios o mandemos a las montañas arrojarse al mar, esto no será más desalentador que si nos dice que nos agachemos y recojamos un pedazo de papel. Lo que sea que nos pida, Él nos permitirá hacerlo. La decisión es de Él y los medios para llevarlo a cabo es su responsabilidad.

Cuando hemos edificado una relación íntima con Cristo en las pequeñas cosas (como comer y beber), y cuando hemos aprendido a ser fieles en hacer tales cosas ‘sin cesar’, entonces todas las grandes cosas que Dios nos pide se resolverán por sí mismas. No parecerán demasiado grandes cuando son tan rutinarias como decidir si debemos comer más puré o no. El sirviente obediente sólo está haciendo su labor, y el milagro simplemente sucederá porque ocurrió por decisión del Maestro y no como resultado de nuestro deseo o razonamiento humano.


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