No puede haber verdadero discipulado sin una profunda e incuestionable fe en el Dios vivo. El que va a hacer hazañas para Dios debe confiar en Él implícitamente. Como dijera Hudson Taylor. “Todos los gigantes de Dios han sido hombres débiles que hicieron grandes cosas para Dios porque reconocieron que Dios estaba con ellos”.

Ahora bien, la verdadera fe siempre descansa en alguna promesa de Dios, en alguna porción de Su Palabra. Esto es importante. El creyente primero lee o escucha alguna de las promesas de Dios. El Espíritu Santo toma aquella promesa y la aplica al corazón y conciencia en una forma muy personal. El creyente queda consciente de que Dios le ha hablado directamente. Con una confianza absoluta en la confiabilidad del que lo ha prometido, considera la promesa tan segura como si ya estuviera cumplida, aun cuando, humanamente hablando, ésta sea imposible.

Tal vez sea un mandamiento más que una promesa. Para la fe no hay diferencia. Si Dios manda, Él habilita. Si le pide a Pedro que camine sobre las aguas, Pedro debe estar seguro que el poder necesario para ello le será dado. (Mateo 14:28). Si nos ordena predicar el Evangelio a toda criatura, podemos estar seguros de recibir la gracia necesaria (Marcos 16:15).

La fe no opera en el reino de lo posible. No hay gloria para Dios en lo que es humanamente posible. La fe comienza donde termina el poder humano. “La incumbencia de la fe comienza donde cesan las probabilidades y donde fallan la vista y los sentidos”.

La fe dice: “Si la única objeción es imposible aquello puede hacerse”. La fe hace entrar a Dios al escenario, por lo tanto no sabe dificultades y aún más, se ríe de las imposibilidades. Para la fe Dios es la gran respuesta a toda duda, la gran solución a todo problema. Todo lo remite a Él y por eso poco importa a la fe si se trata de seiscientos mil pesos o de seiscientos millones. Sabe que Dios es todo suficiente. Halla en Él todos sus recursos. La incredulidad dice: "¿Cómo es posible tal o cuál cosa?" Está llena de cómos, pero la fe tiene una sola y gran respuesta para diez mil cómos, y esa respuesta es Dios.

Humanamente hablando era imposible que Abraham y Sara tuvieran un hijo. Pero Dios lo había prometido y para Abraham había una sola imposibilidad: Que Dios mienta.

  • Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. (Romanos 4:18-21)

La promesa ve la fe omnipotente
y mira a Dios solamente,
ríe de lo que es imposible
y clama: ¡Lo ha hecho el Invisible!

Nuestro Dios es especialista en imposibilidades (Lucas 1:37). Nada le es demasiado difícil (Génesis 18:14).

  • Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. (Lucas 18:27).

La fe reclama Su promesa: “Al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23), y asegura juntamente con Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Obstáculos ve la duda
la fe ve el camino
La duda la noche más oscura,
la fe ve el destino;
la duda teme dar un paso,
la fe vuela en las alturas;
la duda pregunta, “¿Crees acaso?”
la fe contesta “Sí”, muy segura.

Debido a que la fe trata de lo sobrenatural y divino, no siempre es “razonable”. Abraham salió sin saber donde iba, no en virtud del “sentido común”, sino sencillamente obedeciendo a Dios (Hebreos 11:8). No fue “astucia” de Josué atacar a Jericó sin armas mortíferas (Josué 6:1-20). Los hombres del mundo se reirían de tal locura, ¡pero surtió efecto!

En realidad la fe es absolutamente racional. ¿Qué más razonable que el que la criatura confíe en su Creador? ¿Es locura confiar en Aquel que no miente, no falla ni se equivoca? Confiar en Dios es lo más sensato, cuerdo, y racional que un hombre puede hacer. No es un salto hacia las tinieblas. La fe demanda la evidencia más segura y la halla en la Palabra infalible de Dios. Nadie ha confiado en vano en Dios. Nadie que confíe en Él lo hará en vano. La fe en el Señor no incluye riesgos de ningún tipo.

La fe glorifica verdaderamente a Dios. Le da el lugar como el Único Ser completamente digno de confianza. Por otra parte la incredulidad deshonra a Dios: Le acusa de mentiroso (1 Juan 5:10). Limita al Santo de Israel (Salmo 78:41).

La fe coloca el hombre en su verdadero lugar: suplicante, humilde, humillado hasta el polvo delante del soberano Señor de todas las cosas.

La fe es lo contrario de la vista. Pablo nos recuerda que “por fe andamos, no por vista”. (2 Corintios 5:7) Caminar por vista significa tener medios visibles de abastecimiento, tener reservas adecuadas para el futuro, emplear la inteligencia humana para asegurarnos contra los riesgos. El camino de la fe es exactamente lo contrario: es confiar momento a momento en Dios solamente. Es una perpetua crisis de dependencia en Dios. La carne retrocede ante la idea de depender completamente de un Dios invisible. Trata de aprovisionarse para amortiguar posibles pérdidas. Si no puede ver por donde va a ir, es seguro que sufre un colapso nervioso. Pero la fe da el paso hacia adelante en obediencia a la Palabra de Dios, se levanta por sobre las circunstancias y confía en el Señor para la provisión de todas sus necesidades.

Todo discípulo que decide andar por fe puede estar seguro que su fe será probada. Tarde o temprano, será llevado hasta el límite de sus recursos humanos. Se sentirá tentado a recurrir a sus semejantes en busca de auxilio. Pero si está realmente confiando en Dios, esperará en El solamente.

Dar a conocer las necesidades en forma directa o indirecta a un ser humano, es apartarse de la vida de fe, y una positiva deshonra a Dios. Es traicionarle. Es como decir: “Dios me ha fallado y debo buscar ayuda entre mis amigos”. Es dejar la fuente de agua viva y volverse a las cisternas rotas. Es colocar a la criatura entre mi alma y Dios, robándole a mi alma una rica bendición y a Dios la gloria debida a su nombre.

La actitud normal del discípulo es desear un crecimiento en la fe (Lucas 17:5) Ya ha confiado en Cristo para salvación. Ahora espera poner bajo el control del Señor nuevas áreas de su vida. Cuando enfrenta enfermedades, tribulaciones, tragedias y aflicciones, llega a conocer a Dios en una forma nueva y más íntima, resultando fortalecida su fe. Comprueba la verdad de la promesa: “Conoceremos y proseguiremos en conocer a Jehová” (Oseas 6:3). Mientras más comprende la fidelidad de Dios, más ansioso está de confiar en Él para cosas más grandes.

Como la fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios, el deseo íntimo del discípulo es saturarse de las Escrituras, leerlas, estudiarlas, memorizarlas, meditar en ellas día y noche. Son su carta y brújula, su guía y consuelo, su lámpara y luz.

En la vida de fe siempre hay lugar para progresar. Cuando leemos acerca de lo que ha sido hecho por fe, nos damos cuenta que somos como niños pequeños que están jugando a la orilla de un océano sin límites. Las hazañas de la fe se nos relatan en Hebreos 11. Se elevan en un magnificente ascenso en los versículos 32-40:

  • ¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros. (Hebreos 11:32-40)

Una palabras más. Ya hemos mencionado que un discípulo que camina por fe sin duda será considerado un soñador o un fanático por la gente del mundo y aun por otros cristianos. Pero es bueno recordar que “la fe que nos capacita para caminar con Dios también nos capacita para adjudicar el valor que le corresponde a la opinión de los hombres.”
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