Es perdonable que un discípulo no tenga gran capacidad mental y no pueda exhibir habilidades físicas. Pero ningún discípulo puede ser excusado en su falta de celo. Si su corazón no arde con viva pasión por el Salvador, la condenación cae sobre él.

Después de todo, los cristianos somos seguidores del que dijo: “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:17). Su salvador fue consumido por una ardiente pasión por Dios y por sus intereses. No hay lugar en sus senderos para discípulos tibios e indiferentes.

El Señor Jesús vivía en un estado de tensión espiritual. Así lo indican sus palabras: "De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!". (Lucas 12:50) También está su memorable declaración: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar”. (Juan 9:4)

El celo de Juan el Bautista fue atestiguado por el Señor cuando dijo: “Él era antorcha que ardía y alumbraba”. (Juan 5:35)

El apóstol Pablo era un celote. Alguien ha tratado de captar el fervor de su vida en el siguiente bosquejo:

“Era un hombre que no se preocupaba por ganar amigos. Sin interés ni deseo por los bienes mundanales, sin temor de pérdidas materiales, sin preocupación por la vida, sin temor por la muerte. Era un hombre sin rango, nación, ni condición. Era un hombre de un pensamiento: El Evangelio de Cristo. Hombre de un propósito: la gloria de Dios. Un necio, y contento de ser reconocido como necio por Cristo. Llámese entusiasta, fanático, charlatán, estrambótico o cualquier otro nombre ridículo que el mundo quiera ponerle, pero que siga siendo raro. Si le llaman comerciante, jefe de casa, ciudadano, rico, mundano, erudito, o aún hombre de sentido común, todo cuadra con su carácter”.

“Si no hablaba moría y aunque tuviera que morir, aún hablaba. No descansaba sino que extendía sus actividades por tierra y mar, roqueríos y desiertos arenosos. Clamaba en voz alta y no se medía para ello, ni nadie se lo podía impedir. En las prisiones elevaba su voz y en medio de las tempestades del mar no guardaba silencio. Testificaba de la verdad ante temibles concilios y delante del trono de reyes. Nada podía apagar su voz, sino la muerte, y aún ante la muerte, delante del cuchillo que habría de separar la cabeza de su cuerpo, él habló, oró, testificó, confesó, clamó a Dios, guerreó, y por último bendijo a la gente cruel”.

Otros hombres de Dios han mostrado el mismo ardiente deseo de agradar a Dios.

C.T. Studd escribió una vez:

“Algunos desean vivir al son de la campana de la Iglesia. Yo prefiero rescatar almas aún dentro del mismo infierno”.

Y justamente fue un artículo escrito por un ateo que aguijoneó a Studd a consagrarse enteramente al Señor.

Este era el artículo:

“Si yo creyera firmemente, como millones dicen creer, que el conocimiento y práctica de la religión en esta vida influye en el destino en la otra vida, entonces la religión sería para mí el todo. Desecharía los goces terrenales como si fueran escorias, las preocupaciones terrenas como locuras, los pensamientos y sentimientos terrenos como vanidad. La religión sería mi primer pensamiento al despertar y mi última visión al sumirme en la inconciencia del sueño. Trabajaría solamente en su causa. Mis pensamientos serían para el mañana de la eternidad solamente. Estimaría que un alma salvada para el cielo vale toda un vida de sufrimientos. Las consecuencias terrenales jamás detendrían mi mano, ni sellarían mis labios. El mundo, sus goces, sus penas, no tendrían lugar en mis pensamientos. Haría todo lo posible por mirar hacia la eternidad solamente, y a las almas inmortales como próximas a entrar a una eternidad de felicidad o a la miseria del sufrimiento eterno. Saldría al mundo y predicaría a tiempo y fuera de tiempo y mi texto sería: ¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:26; Marcos 8:36).

Juan Wesley fue un hombre de celo vivo. Dijo: “Dadme cien hombres que amen a Dios con todo su corazón, que no teman sino al pecado y cambiaré al mundo”.

Muerto por la causa a mano de los indios Aucas del Ecuador, Jim Elliot, era una antorcha de fuego por Jesús. Un día mientras meditaba en el texto “Él hace sus ministros llama de fuego”, escribió en su diario:

“¿Soy inflamable? Dios líbrame del terrible asbesto de las “demás cosas”. Satúrame con el aceite del Espíritu para que yo sea una llama. La llama es pasajera, a veces de corta vida. Alma mía ¿puedes soportar esto?, ¿una vida corta? En mí mora el Espíritu del Gran Ser que tuvo un vida corta, aquel cuyo celo por la casa de Dios lo consumió. Hazme Tu combustible, Llama de Dios”.

Las últimas líneas de su diario anota la cita de un ferviente poema de Amy Carmichael. No es de maravillarse que Jim Elliot se inspirara en él:

De la oración que pide protección
de los vientos que sobre ti golpearon,
de temer cuando debería aspirar,
de vacilar, cuando debo ascender,
del cómodo yo, libra ¡Oh, Capitán!
Al soldado que va de ti en pos.
Del deseo sutil de buscar lo suave
de las elecciones fáciles, debilitadoras,
no es así como el espíritu se fortalece
ni el camino que el Señor anduvo,
De todo lo que haga luminoso el Calvario,
¡Oh, Cordero de Dios, líbrame!
Dame el amor que guía el camino
la fe que nada hace desmayar,
la esperanza que nunca se agota
la pasión que quema como el fuego
No me dejes abatir por ser un idiota,
Hazme tu combustible, ¡oh Llama de Dios!

La desgracia de la iglesia en el siglo XX es que hay más demostraciones de celo entre los comunistas o los de las religiones falsas que entre los cristianos.

En 1903 un hombre con 17 seguidores inició su ataque al mundo. Su nombre era Lenin. Hacia el año 1918 el número había crecido a cuarenta mil, y con aquellos cuarenta mil ganó el control de ciento sesenta millones de personas en Rusia. El movimiento ha crecido y actualmente controla más de la tercera parte de la población del mundo. Por mucho que uno se oponga a sus principios, no puede dejar de admirar su celo.

Muchos cristianos se sintieron fuertemente reprendidos cuando Billy Graham leyó la siguiente carta escrita por un universitario norteamericano que se había convertido al comunismo en México. El propósito de la carta era explicar a su novia por qué debía romper su compromiso:

“Los comunistas tenemos un alto porcentaje de muertes violentas. Somos los que morimos pasados por las armas, ahorcados, linchados, o alquitranados; somos encarcelados, calumniados, ridiculizados y despedidos de nuestros empleos y de diversos modos se procura hacernos la vida imposible. Un buen porcentaje de nosotros es muerto o tomado preso. Vivimos en una pobreza virtual. Damos al partido cada centésimo que ganamos por sobre lo que no sea absolutamente indispensable para mantenernos vivos. Los comunistas no tenemos tiempo ni dinero para cine, conciertos, asados, casas decentes o autos nuevos. Hemos sido descritos como fanáticos. Somos fanáticos. Nuestra vida está dominada por un gran factor que eclipsa todo otro interés: LA LUCHA POR EL COMUNISMO MUNDIAL.

Los comunistas tenemos una filosofía de la vida que ninguna cantidad de dinero puede comprar. Tenemos una causa por la cual pelear, un propósito definido en la vida. Subordinamos nuestros intereses mezquinos, nuestro yo a un gran movimiento de la humanidad, y, si nuestra vida personal parece dura, o si nuestro yo parece sufrir por haberse subordinado al partido, entonces cada uno se siente compensado adecuadamente por el pensamiento de que cada uno está contribuyendo con su grano de arena a algo nuevo, verdadero y mejor para la humanidad. Hay una cosa a la que me he consagrado fervorosamente y esa cosa es la causa comunista. Es mi vida, mi negocio, mi religión, mi entretenimiento, mi novia, mi esposa, mi mujer, mi pan y mi carne. Trabajo para el partido de día y sueño con él de noche. Su influencia sobre mí crece, no disminuye con el paso del tiempo, por tanto no puedo mantener amistad con nadie, no puedo tener asuntos amorosos, ni siquiera una conversación sin relacionarlas con esta fuerza que conduce y guía mi vida. Yo catalogo a las personas, libros, ideas y acciones de acuerdo a la forma en que afectan la causa comunista y por su actitud hacia ella. Yo ya he estado en la cárcel por mis ideas, y si fuera necesario estoy dispuesto a enfrentar el pelotón de fusilamiento”.

Si los comunistas pueden consagrarse hasta este punto a su causa, cuanto más deberían los cristianos derramarse en amante y alegre devoción a su Salvador. Si el Señor Jesús vale algo, lo vale todo. Si la fe cristiana es digna de creerse, debe creérsela con heroísmo.

Si Dios en verdad ha hecho algo en Cristo de lo cual depende la salvación del mundo, y si Él la ha dado a conocer, entonces es un deber cristiano ser intolerante de todo lo que lo ignore, niegue o anule con explicaciones sutiles.

Dios necesita hombres completamente entregados al control del Espíritu Santo. Hombres que parecerán borrachos a los demás, pero los que saben de estas cosas comprenderán que están guiados por una “profunda, enorme, obsesionante e insaciable sed de Dios”.

Que cada discípulo en perspectiva tome muy en serio LA NECESIDAD de tener celo por Dios en su vida. Que tenga la aspiración por Dios en su vida. Que tenga la aspiración de responder a la descripción dada por J.C. Ryle:

“El cristiano celoso es principalmente hombre de una causa. No basta decir que es serio, cordial, intransigente, eficaz, sincero, ferviente en espíritu. Solamente ve una cosa, le importa solamente una cosa, vive por una cosa, está embebido de una sola cosa, y esa cosa es agradar a Dios. Viva o muera, enfermo o sano, rico o pobre, agrade al hombre o le ofenda, se le considere sabio o necio, reciba injurias o alabanzas, reciba honra o se le avergüence, nada de esto le importa. Este hombre arde por una cosa, y esa cosa es agradar a Dios y promover la gloria de Dios. Si ese fuego lo consume, no le importa, está contento. Siente que, al igual que la lámpara, ha sido hecho para arder, y si se consume ardiendo, solamente ha hecho aquello para lo cual Dios lo designó. Tal voluntad siempre halla una esfera donde desplegar su celo. Si no puede obrar, predicar, o dar dinero, clamará, deseará y orará. Sí, si es solamente un pobre, o un enfermo que debe permanecer toda la vida en cama, hará que las ruedas del pecado se muevan pesadamente a su alrededor debido a su constante intercesión en contra. Si no puede pelear en el valle con Josué, hará la obra de Moisés, Aarón y Hur en el monte (Éxodo 17:9-13). Si a él no se le deja trabajar, no le dará descanso al Señor hasta que lleguen refuerzos y el trabajo sea hecho. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de celo en religión”.
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