“Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mí discípulo”. (Lucas 14:33)
 
Para ser discípulo del Señor Jesús, hay que renunciar a todo. Este es el sentido inequívoco de las palabras del Señor. No importa cuantas objeciones pongamos a tan extremada demanda ni cuanto nos rebelemos ante regla tan importante e imprudente. Prevalece el hecho de que esta es la Palabra del Señor y que quiere decir exactamente lo que dice.

Desde el comienzo debemos enfrentar las siguientes verdades inmutables:

a) Jesús no hace esta demanda a una cierta clase selecta de obreros cristianos. Dice: “Cualquiera de vosotros...”

b) El no dijo que debemos estar dispuestos a renunciar a todo en forma voluntaria. Dijo: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee...”

c) El no dijo que hubiera una forma diluida de discipulado que permitiera al hombre conservar sus posesiones. Jesús dijo: “... no puede ser mi discípulo”.

Realmente no debería sorprendernos esta demanda tan absoluta como si fuera la única sugestión de este tipo en la Biblia.

¿No dijo Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo...”? Muy acertadamente Wesley afirmó: “hacerse tesoros en la tierra está claramente prohibido por nuestro Señor como el adulterio y el asesinato”.

¿No dijo Jesús: “Vended lo que poseéis y dad limosna”? (Lucas 12:33) ¿No instruyó al joven rico diciéndole: “vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”? (Lucas 18:22). Si no quería decir lo que dijo, ¿qué quería decir?

¿No es verdad, acaso, que los creyentes de la Iglesia Primitiva “vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”? (Hechos 2:45)

Y a través de los años, ¿no es un hecho que muchos de los santos de Dios han renunciado a todo por seguir a Cristo?

Antonio N. Groves y su esposa que fueron misioneros en Bagdag se convencieron de que tenían que dejar de hacer tesoros en la tierra, y que debían dedicar la totalidad de una importante fortuna al servicio del Señor.

C. T. Studd “decidió dar toda su fortuna a Cristo aprovechando la dorada oportunidad que se le ofrecía de hacer lo que el joven rico no pudo hacer... Era un simple acto de obediencia a las definidas declaraciones de la Palabra de Dios”. Después de distribuir miles de libras esterlinas en la obra del Señor, reservó el equivalente de 9,588 dólares para su esposa. “Pero ella no fue menos que su marido”.

-“Carlos”- le preguntó-, “¿Qué le dijo el Señor al joven rico que hiciera?” -”Vende todo” le contestó.
-“Entonces comenzaremos bien con el Señor desde nuestra boda.” Y el dinero fue a dar a las misiones cristianas.

El mismo espíritu de dedicación animaba a Jim Elliot. En su diario escribió: “Padre hazme débil para que pueda desligarme de lo temporal. Mi vida, mi reputación, mis posesiones; haz que mi mano las suelte, Señor. Aún, Padre, quisiera desligarme del deseo de ser mimado”. ¡Cuántas veces he dejado de abrir mi mano por retener solamente lo que he considerado un deseo inofensivo, por aquél ápice de mimosidad! Más bien, hazme abrir mi mano para recibir el clavo del Calvario, como Cristo la abrió, para que yo, soltándolo todo, pueda ser libertado, desatado de todo lo que ahora me tiene atado. Él consideró el cielo, sí, la igualdad con Dios, como cosa a la que no debía aferrarse. Así, haz que me desligue de lo que tengo tomado”.

Nuestro corazón infiel nos dice que es imposible tomar literalmente las palabras de nuestro Señor: “Si renunciáramos a todo, nos moriríamos de hambre”. “Después de todo, debemos hacer provisión para nuestro futuro y el de nuestros seres queridos”. “Si todos los cristianos renunciaran a todo, ¿quién financiaría la obra del Señor?”, y “Si no hubiera cristianos ricos, ¿cómo podríamos alcanzar con el Evangelio a la gente de las clases altas?”. Y así van apareciendo los argumentos en rápida sucesión, todos para probar que Jesús dijo algo que significa una cosa diferente de lo que dio a entender.

Es un hecho comprobado que la obediencia al mandato del Señor es la forma de vida más sana y razonable y la que produce un mayor gozo. La Escritura y la experiencia testifican que ninguno de los que han vivido sacrificándose por Cristo ha padecido necesidad, y será también con los que lo hagan en el futuro. Cuando el hombre obedece a Dios, el Señor lo toma bajo su cuidado.

El hombre que deja todo por seguir a Cristo no es un pobre inútil que espera que los demás cristianos le sostengan:

Primero, es industrioso. Trabaja diligentemente [en construír el reino de Dios y confía que Dios proveerá] las necesidades mínimas de su familia y las suyas propias.

Segundo, es frugal. Vive en la forma más económica posible para que todo lo que quede después de satisfacer sus necesidades inmediatas pueda ser usado en la obra del Señor.

Tercero, es previsor. En vez de acumular tesoros en la tierra, los deposita en el cielo.

Cuarto, confía en Dios en lo que respecta a su futuro. En vez de dar lo mejor de su vida tratando de formar vastas reservas para la vejez, da lo mejor de sí para el servicio de Cristo confiando en Él para la provisión futura. Cree que si busca primeramente el Reino de Dios y su justicia, jamás pasará necesidad de alimento y vestido (Mateo 6:33). Le es irrazonable acumular riquezas para un día que no sabe si vivirá. Su argumento es el siguiente:

1. ¿Cómo podemos acumular y guardar fondos extras en forma consciente cuando ese dinero podría usarse inmediatamente para la salvación de almas? “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:17). Una vez más consideremos el importante mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levitico 19:18). ¿Podemos, con verdad, decir que amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, cuando les dejamos pasar hambre mientras nosotros tenemos más que suficiente y de sobra? Le preguntaría a cualquiera que ha experimentado el gozo del conocimiento del don inefable de Dios: “¿Cambiaría usted este conocimiento... por la posesión de cien mundos?”. Entonces no retengamos los medios por los cuales otros pueden obtener este conocimiento santificador y la consolación celestial.

2. Si creemos realmente que la venida de Cristo es inminente, desearemos usar nuestro dinero inmediatamente. De otro modo correremos el riesgo que caiga en las manos del diablo, dinero que debería haberse usado para bendición eterna.

3. ¿Cómo podemos orar a conciencia que el Señor provea el dinero necesario para la obra cuando nosotros mismos tenemos dinero que no queremos usar en dicha empresa? El dejarlo todo por Cristo nos libra de la oración hipócrita.

4. ¿Cómo podemos enseñar todo el consejo de Dios cuando hay ciertos sectores de la verdad, como el que estamos considerando, que no hemos obedecido? En tal caso nuestra manera de vivir debería sellar nuestros labios.

5. El hombre inteligente de este mundo hace abundantes reservas para su futuro. Pero esto es no caminar por fe, sino por la vista. El cristiano ha sido llamado a una vida de dependencia de Dios. Si hace tesoros en la tierra, ¿en qué difiere del mundo y su manera de vivir?

Con frecuencia se nos argumenta que debemos proveer para las necesidades futuras de nuestra familia; de otro modo somos peores que los incrédulos. Apoyan este punto de vista con dos textos: “...no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos” (2 Corintios 12:14). “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5:8).

Un estudio cuidadoso de estos textos mostrará que se refiere a las necesidades cotidianas y no a las contingencias futuras. En el primero de estos versículos Pablo está usando la ironía. Él es el padre y los corintios son sus hijos. Él no los carga económicamente, aunque tiene derecho a ello por ser siervo de Dios. Después de todo, él es su padre en la fe y los padres ordinariamente proveen para los hijos y no los hijos para los padres. Aquí no se trata de provisión de los padres para el futuro de sus hijos. Todo el pasaje tiene que ver con la provisión para las necesidades presentes del apóstol Pablo y no con la provisión para sus posibles necesidades futuras.

En 1 Timoteo 5:8 el apóstol está discutiendo del cuidado a las viudas pobres, insiste que sus parientes deben cuidarlas. Si no tienen familia, o si ella las descuida, entonces la iglesia local debe cuidar de la viuda cristiana. Pero una vez más se refiere a necesidades presentes y no las futuras.

El ideal de Dios es que los miembros del cuerpo de Cristo se preocupen por las necesidades inmediatas de sus hermanos en la fe. Hay que compartir equitativamente... “Para que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos” (2 Corintios 8:14-15).

El cristiano que piensa que debe hacer provisiones para necesidades futuras enfrenta el difícil problema de determinar cuanto necesitará. En consecuencia gasta su vida en tratar de adquirir una fortuna de modo indefinido, perdiendo el privilegio de dar lo mejor al Señor Jesucristo. Llega al final de una vida derrochada y descubre que después de todo, si hubiera vivido de todo corazón para el Salvador, todo lo necesario habría sido provisto oportunamente.

Si todos los cristianos tomaran literalmente las palabras de Jesús, la obra del Señor no carecería de fondos. El Evangelio sería proclamado con mayor poder y en menor tiempo. Si algún discípulo estuviera en necesidad, sería el gozo y privilegio de los demás dar de lo que ellos pudieran tener.

Sugerir que debe haber cristianos ricos para alcanzar a los ricos del mundo es un absurdo. Pablo alcanzó a la casa de César siendo un prisionero suyo (Filipenses 4:22). Si obedecemos a Dios podemos confiar en que Él se encargará de los detalles. En esto toda discusión debería terminar en el ejemplo que Jesús dejó. El esclavo no es mayor que su señor. Como dijera Jorge Muller: “El mal comienza cuando el siervo procura tener riquezas, grandeza y honra en este mundo donde su Señor fue pobre, humilde y despreciado.”

“Los sufrimientos de Cristo incluían la pobreza” (2 Corintios 8:9). Por supuesto, la pobreza no se demuestra por harapos y suciedad, sino por la falta de reservas y de los medios para darse lujos. Andrés Murray dice que el Señor y sus apóstoles no podrían haber realizado la obra que hicieron de no haber sido realmente pobres. “El que va a levantar a otros necesita descender, como el buen samaritano, y la inmensa mayoría de la humanidad ha sido y es pobre.”

La gente reclama que hay ciertas posesiones que son indispensables para el hogar. Es cierto.

Otros argumentan que hay otras posesiones materiales que pueden ser usadas para gloria de Dios, por ejemplo, un automóvil. También es cierto.

Pero más allá de estas necesidades legítimas, el cristiano debería vivir en forma frugal y sacrificada para que el Evangelio sea difundido. Su lema debería ser: “Trabaja mucho, consume poco, da mucho, y todo para Cristo.”

Cada uno de nosotros es responsable ante Dios por lo que significa dejarlo todo. Un creyente no puede dictar normas para el otro, cada persona debe actuar como resultado de su propio ejercicio delante de Dios. Es un asunto estrictamente personal.

Si como resultado de tal ejercicio, el Señor guía a un creyente a un grado de devoción hasta el momento desconocido, no debe ser ello motivo de orgullo personal. Los sacrificios que hagamos no son en ninguna manera sacrificios cuando los examinemos a la luz del Calvario. Además de esto, damos al Señor solamente aquello que ya no podemos retener y que hemos dejado de amar. “No es necio quien da aquello que ya no puede retener para obtener algo que no puede perder.”
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