Una vida que ha sido dedicada al Señor Jesús tiene una profunda recompensa. Hay gozo y placer en seguir a Cristo y eso es vida en el sentido más verdadero.

El Salvador dijo repetidas veces: “El que pierde su vida por causa de Mí, la hallará”. En realidad, este dicho se halla en los cuatro Evangelios con más frecuencia que cualquier otro dicho suyo. (véase Mateo 10:39, 16:25; Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33; Juan 12:25) ¿Por qué se repite tantas veces? Es porque establece uno de los principios fundamentales de la vida cristiana: que una vida guardada para sí es una vida perdida, pero entregar la vida por Cristo es encontrar la vida, es salvarla, es gozarla y guardarla para la eternidad.

Ser un cristiano mediocre solamente asegura una existencia miserable. Estar enteramente consagrado a Cristo es el camino más seguro para llegar a gozar de lo mejor de Él. Ser un verdadero discípulo es ser un esclavo de Jesucristo y encontrar en su servicio perfecta libertad. Hay libertad en los pasos de todo aquel que pueda decir: “Amo a mi Señor; no saldré libre”.

El discípulo no se enreda en pequeños asuntos o en cosas pasajeras. Está preocupado con asuntos eternos, y como Hudson Taylor, goza del lujo de tener pocas cosas que cuidar. Puede ser desconocido, sin embargo bien conocido. Aunque está constantemente muriendo, vive persistentemente. Es castigado, pero no muerto. Aun en la tristeza tiene gozo. Pobre, pero enriqueciendo a muchos. No tiene nada, pero lo posee todo. (2 Corintios 6:9,10)

Y si se puede decir que la vida del verdadero discipulado en la que más satisfacción espiritual produce en este mundo, también podemos afirmar con certeza que recibirá la más alta recompensa en la vida venidera. “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme sus obras”. (Mateo 16:27)

Por lo tanto, el hombre verdaderamente bendecido en el tiempo y en la eternidad es el que puede decir con Borden de Yale: “Señor Jesús, yo saco mis manos en lo que concierne a mi vida. Ocupa Tú el trono de mi corazón. Cámbiame, límpiame, y úsame a tu arbitrio”.

No es su voluntad.....

"No es su voluntad que ninguno perezca"
Jesús entronado en la gloria más excelsa
vio nuestro mundo pobre, dolorido y caído
y por ello derramó su vida compasivo.
Muchos perecen, atestan ya nuestra senda,
corazones con cargas que no hay quien pueda.
Jesús salvaría, pero nadie les ha hablado
de quien libra de la desesperación y el pecado.
“No es su voluntad que ninguno perezca”
vestido en carne nuestra con sus penas y dolores,
vino a consolar y a salvar a los peores,
a sanar al quebrantado y a todo el que padezca.
Muchos perecen, la siega pronto se acaba;
los obreros son pocos, la noche se acerca;
Jesús te está llamando, su desafío acepta,
y adornarás tu corona con las almas salvadas.
Mucho para los placeres, poco para Cristo,
Tiempo para el mundo con sus placeres vanos.
No hay tiempo para Cristo, para dar al convicto,
la palabra que falta para hacerle cristiano.
Muchos perecen, oíd, nos están llamando;
“El Salvador presentadnos, ¡Ay! de Él habladnos.
Estamos tan cansados, de culpas tan cargados,
que nada hacer podemos para ser aliviados.”
“No es tu voluntad que ninguno perezca:
siendo seguidor Tuyo, ¿puedo vivir, acaso,
tranquilo mientras almas se deslizan abajo
perdidas porque su ayuda no les ofrezco?
¡Oh! Maestro, perdóname, inspírame de nuevo,
quita la mundanalidad, pon en mí el anhelo
de vivir conforme a lo eterno que no perece.

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