Cuando una persona ha dedicado verdaderamente su vida a Cristo, parece que el vivir o el morir les resulta cosa de poca importancia. Todo lo que importa es que el Señor sea glorificado.

Al leer la biografía de los mártires Juan y Betty Stam, “Sangre y Semilla”, encontrarás una nota que se repite a través del libro “como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte”. (Filipenses 1:20)

El mismo fondo se descubre en los escritos de Jim Elliot. Mientras aún estudiaba en la Universidad de Wheaton, escribió en su diario: “Estoy listo para morir por los Aucas”. En otra oportunidad escribió: “Padre toma mi vida, también mi sangre si así lo quieres, y consúmeme con tu fuego envolvente. Yo no la conservaré, porque no es mía para hacer tal cosa. Tómala toda. Derrama mi vida como oblación por el mundo. La sangre solo tiene valor si fluye ante tu altar”.

Muchos de los héroes de Dios llegaron hasta este mismo punto en sus tratos con Dios. Comprendían que “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”. (Juan 12:24) Ellos estaban dispuestos a ser ese grano de trigo. Esta actitud es exactamente la que el Señor enseñó a sus discípulos: “Todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” (Lucas 9:24). Mientras más pensamos en esto, más razonable nos parece.

En primer lugar, nuestra vida de ningún modo nos pertenece.

Pertenece a Aquél que nos valorizó con el costo de su sangre preciosa. ¿Podremos egoístamente aferrarnos a lo que es de Otro? C.T. Studd respondió a esta pregunta: “Yo sabía que Cristo había muerto por mí, pero nunca había podido comprender que si Él murió por mí, yo ya no me pertenezco. Redimir significa comprar por segunda vez algo que una vez perteneció al comprador. De modo que si ahora le pertenezco a Él, tengo que decidir entre ser un ladrón y quedarme con lo que no es mío, o entregarlo todo a Dios. Cuando por fin comprendí que Jesucristo murió por mí, no me fue difícil entregarlo todo a Él”.

En segundo lugar, pase lo que pase todos tenemos que morir algún día, a menos que el Señor venga antes.

¿Qué será más trágico, morir en el servicio del Señor, o como mero accidente estadístico? ¿No tenía razón Jim Elliot cuando dijo: “No es tonto el que da lo que no puede conservar, para ganar algo que no puede perder”?.

En tercer lugar, es lógica irrevocable que si el Señor Jesucristo murió por nosotros, lo menos que nosotros podríamos hacer es morir por Él.

Si el siervo no es mayor que su Señor, ¿qué derecho tenemos de ir al cielo más cómodamente que el Señor? Esta consideración hizo decir a C.T. Studd “Si Jesucristo es Dios y murió por mí, no hay ningún sacrificio que yo haga por Él que pueda ser demasiado costoso”.

Finalmente es un delito cuidar nuestra vida cuando por medio de su abandono sin riesgo podemos traer bienaventuranza eterna a nuestros semejantes. Ha habido hombres que han ofrecido su vida en interés por las investigaciones de la medicina. Otros han muerto por rescatar seres queridos de edificios en llamas. Aún hay muchos que mueren en guerras por salvar su patria del poder del enemigo. ¿Cuánto vale la vida de los hombres para nosotros?

Podemos decir con F.W.H. Myers:

Sólo almas veo caminar a mi alrededor;
esclavo es el rey, siervo es el vencedor;
almas que comparten una esperanza vana
¡Ay! contentos con la apariencia mundana.
Entonces, con intensidad insoportable,
escucho el llamado del Dios adorable
¡Salva a estos! Sálvalos aunque perezcas
Da tu vida por ellos, menos no ofrezcas.

A todos no se les pide que den su vida como mártires. La espada, el fusil, la cárcel están reservados para unos pocos selectos, relativamente hablando. Pero cada uno de nosotros puede tener espíritu de mártir, el celo de un mártir, la devoción de un mártir. Cada uno de nosotros puede vivir como aquellos que ya han dado sus vidas a Cristo.

En la buena, en la mala,
con la cruz o la corona,
la tormenta o la bonanza
mi alma y cuerpo ¡Oh Dios! acepta
para que hagas con ellos
tu voluntad perfecta.
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