El Señor Jesús nunca trató de engañar a los hombres para que hicieran una profesión de fe de labios. Tampoco trató de conseguir una gran cantidad de seguidores predicando un mensaje popular.

En realidad, cada vez que veía que la gente empezaba a acumularse en pos de él, se volvía y los hacía pasar por el cedazo presentándoles las condiciones más duras del discipulado.

En una de estas ocasiones el Señor advirtió a sus seguidores que el que quisiera ir en pos de él debería calcular el costo en primer lugar. Dijo:

  • Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. (Lucas 14:28-32)

Compara aquí Jesús la vida cristiana con una edificación y con una guerra. Es total desatino comenzar a edificar una torre, dijo, a menos que uno se asegure de tener los fondos suficientes para acabarla. De otro modo, la estructura sin terminar permanecerá como un monumento a su falta de previsión.

¡Cuán verdadero es esto! Hacer una decisión para Cristo en el ambiente cálido y emotivo de una campaña evangelística es una cosa, pero es algo completamente diferente negarse a sí mismo, tomar su cruz cada día y seguir a Cristo. Aunque no cuesta nada llegar a ser cristiano, ser un cristiano firme que camina por el sendero del sacrificio, la separación y el sufrimiento por amor a Cristo cuesta todo. Comenzar bien la carrera cristiana es una cosa, pero es algo completamente diferente llevar esta carrera cada día, en mal tiempo y en buen tiempo, en la prosperidad y en la adversidad, en el gozo y en el dolor.

Un mundo de crítica está al acecho. Por algún extraño instinto comprende que la vida cristiana lo depara todo o nada. Cuando ve un cristiano cabal puede despreciarlo, mofarse de él o ridiculizarlo, aunque interiormente sienta un profundo respeto por la persona que valientemente se entrega a Cristo. Pero cuando el mundo ve al cristiano mediocre siente solamente desprecio. Se burla de él diciendo: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar. Causó gran conmoción cuando se convirtió, pero no es diferente de nosotros. Comenzó corriendo a gran velocidad pero ahora está marcando el paso”. Por eso el Salvador dice: ¡Es mejor que calcules el costo!

Su segunda ilustración se refiere a un rey que iba a declarar la guerra a otro. ¿No sería sensato que primero calculara si sus 10,000 soldados podrían derrotar el ejército enemigo con doble cantidad de soldados? Sería muy absurdo que él declarara primero la guerra, para luego reconsiderar su decisión cuando los ejércitos estuvieran marchando a enfrentarse. Lo único que le quedaría por hacer sería enarbolar la bandera blanca, enviar una embajada proponiendo la rendición, arrastrándose abyectamente en el polvo, y humildemente pidiendo condiciones de paz.

No es exageración comparar la vida Cristiana con la guerra. Hay fieros enemigos: el mundo, la carne, el diablo. Hay desalientos, derramamientos de sangre y sufrimientos. Hay largas horas de agotadora vigilia, y de anhelar la llegada del día. Hay lágrimas, fatigas y pruebas. Y hay que morir diariamente.

Cualquiera que quiere seguir a Cristo debe recordar el Getsemaní Gabbata y el Gólgota, y entonces, calcular el costo. Porque es asunto de absoluta entrega a Cristo o de una derrota lamentable con todo lo que significaría de desgracia y degradación.

Con estas dos ilustraciones el Señor Jesús advirtió a sus oyentes del peligro de hacer una decisión impulsiva a ser sus discípulos. Él podía prometerles persecuciones, tribulaciones y desastres. Ellos debían calcular el costo en primer lugar. Y ¿cuál es el costo? El versículo siguiente contesta: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”. (Lucas 14:33)

El costo es “todo”, todo lo que el hombre tiene y todo lo que es. Esto es lo que significaba para el Salvador cuando lo dijo; no puede su significado ser más liviano para aquellos que quieren seguirle. Si aquel que era rico más que todo lo que podemos imaginar, voluntariamente se hizo pobre, ¿es posible que sus discípulos ganen la corona por un medio menos costoso?
El Señor concluye su discurso con este resumen: “Buena es la sal; más si la sal se hiciere insípida, ¿con qué se sazonará?” (Lucas 14:34)

En tiempos de nuestro Señor, no se disponía de sal pura como tenemos en nuestras mesas actualmente. La sal de ellos contenía diversas impurezas, arena por ejemplo. Era posible que la sal perdiera su sabor. El resto era insípido y sin valor. No se podía usar como tierra, ni como fertilizante. A veces se le usaba para hacer un sendero. De modo que llegaba a “servir más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (Mateo 5:13)

La aplicación de la ilustración es clara. Hay un propósito principal en la existencia del cristiano: Glorificar a Dios mediante una vida que se presenta en sacrificio a él. El cristiano puede perder su labor haciendo tesoros en la tierra proveyendo para su propia comodidad y placer tratando de ganar fama en el mundo, prostituyendo su vida y sus talentos en un mundo indigno.

Si el creyente yerra el propósito central de su vida yerra también en todo. Entonces no es útil, ni es decorativo. Su destino es, como la sal insípida, ser hollada bajo el pie de los hombres, por sus burlas, el desprecio y escarnio. Las palabras finales son: “El que tenga oídos para oír, oiga”.

Muchas veces el Señor después de haber dicho algo duro, añadía estas palabras. Es como si hubiera sabido que no todos los hombres las aceptarían. Él sabía que algunos mediante explicaciones invalidarían, tratando de suavizar sus exigencias tan tajantes. Pero también sabía que había corazones abiertos, jóvenes y maduros que se inclinarían ante sus demandas, reconociendo que son dignas de él.

Así es que Él dejó la puerta abierta: “el que tenga oídos para oír, oiga”. Los que oyen son aquellos que calculan el costo y después dicen:

He decido seguir a Cristo;
aunque solo, yo le seguiré
el mundo atrás, la cruz ya sigo;
no vuelvo atrás, no vuelvo atrás.
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