En grupos de personas que asisten a las iglesias, el término "el Cuerpo de Cristo" se entiende como el conjunto de todos los cristianos verdaderos. Entre cristianos, se utiliza esta definición con frecuencia y con poca resistencia.  Pero al examinarlo más detalladamente se revela que los límites percibidos de este "cuerpo" son muy diferentes para cada individuo. De hecho, si hubiera un entendimiento universal sobre quién es parte del cuerpo y quién no, el cuerpo mismo dejaría de ser invisible y todos se juntarían en un solo grupo.

Algunas personas tienen una idea universal, mientras que otros tienen una idea más exclusiva con respecto al Cuerpo de Cristo. Ambos acercamientos tienen sus puntos buenos y sus puntos malos. Puede resultar malo tener una definición demasiado tolerante, como también puede resultar malo tener una definición demasiado exclusiva. Pero el término todavía es conveniente, considerando la paradoja que confronta a cualquiera que desea identificar la base de su comunión con algunas personas como cristianos y su falta de comunión con otras.

Hace rato ya, hemos rechazado la idea de un movimiento ecuménico como herramienta de Dios para reunir el Cuerpo de Cristo. Los términos son demasiado amplios y parecen solo estar dirigidos a hacer un cuerpo político mundial. De hecho, el acercamiento ecuménico parece simplemente extender la idea equivocada que llevó a tanta confusión y división en primer lugar. Trabaja en la suposición de que los imperios y las organizaciones pueden ser tratados como unidades espirituales, con muy poca consideración de los miembros individuales. El Cuerpo de Cristo debe ser tratado en base a algo que es infinitamente personal.  Es precisamente por eso que el Cuerpo de Cristo se mantiene como un "misterio invisible" que solo Dios puede comprender.

Al tratar enseñar este concepto, hemos descubierto que la fe personal y la honestidad son extremadamente raras. Por un tiempo pensamos que si los 144 mil discípulos mencionados en Apocalipsis eran los seguidores genuinos de Cristo, entonces significaría que más o menos 1 de cada 50 mil personas en el mundo calificaría para formar parte de la invisible membresía mundial de los 144 mil. Pero ahora, después de muchos años de evangelizar a tiempo completo, nos resulta difícil creer que algún día habrá esa cantidad de personas que estén dispuestas a dejar todo por Cristo y vivir por fe. Ya que no podemos en buena conciencia diluir las condiciones que Jesús pone para ser un discípulo, y ya que no creemos ser los únicos salvos para el reino de Dios, debemos cuestionar nuestro entendimiento de este misterioso Cuerpo de Cristo.

La biblia misma parece contradictoria con respecto a cuántos serán salvos. Jesús dijo que el camino al cielo es angosto y pocos lo encontrarán (Mateo 7:14). Pero el libro del Apocalipsis habla de una "gran multitud que nadie podía contar" que sale de la gran tribulación y que Cristo premia (Apocalipsis 7:9). Parece que hay una línea dura y una línea suave, un acercamiento exclusivo y otro más universal, uno disciplinado y otro misericordioso.  Debemos poder entender ambos a la misma vez.

Por un lado necesitamos "correr como si sólo uno ganara el premio" (1 Corintios 9:24); y por otro lado, tenemos que hallar una visión para el reino de los cielos que abarca cada pedacito de amor genuino, fe genuina y honestidad genuina que existe en la misma gente a quien muchas veces le puede faltar amor, fidelidad y honestidad. Tenemos que ver el reino de los cielos como algo mucho más grande que nuestra pequeña organización, al mismo tiempo que nosotros mismos continuamos ejercitando la disciplina de seguir a Jesús al 100%.

Puede ser que alguien que tú creas que es sincero, sea visto como un hipócrita por otra persona. Si ves sinceridad, es tu deber animarla; y si nosotros vemos hipocresía, es nuestro deber confrontarla. Idealmente, cada uno debería ser un cirujano hábil capaz de animar lo bueno y a la vez condenar lo malo en el mismo individuo. Sin embargo, Dios parece trabajar en otro nivel, donde permite (tal vez, incluso, requiere) que alguien incluya a una persona que es excluida por los demás.

Es como la ilustración clásica sobre la disonancia cognitiva: ¿Cómo podemos ser amigos si te llevas bien con mi enemigo? ¿Cómo podemos ambos ser cristianos si no te caigo bien? Tal disonancia necesita respuestas. En el pasado, siempre nos sentimos más seguros en alejarnos de los que nos rechazaban. Hasta cierto punto, cada uno debe seguir haciendo eso. Dentro de nuestros propios límites organizacionales y dentro de nuestros corazones, debemos identificar lo que vemos como malo y no tener nada que ver con ello. Pero, en otro plano, tal vez deberíamos ver que los caminos de Dios no siempre son los nuestros y que sus valores no son nuestros valores.

Puede ser que Dios quiera que todos aprendamos las mismas lecciones; pero puede ser también que pase a cada uno la lista en diferente orden. Él parece ser sumamente paciente con la inmoralidad, la deshonestidad o el rencor en ciertos individuos, aunque nosotros podríamos presentar un caso fuerte para argumentar que tales cosas justifican desasociarnos de ellos. La solución quizá sea tratar de excluirlos e incluirlos a la vez.

¿Hay lugar para que nos animemos genuinamente el uno al otro en áreas de crecimiento espiritual por medio de una red informal de comunicación sin tener que respaldar las fallas que vemos el uno en el otro? ¿Lo podemos hacer sin ceder nuestros compromisos de disciplina personal? ¿Podemos sinceramente alegrarnos cuando vemos que Dios está usando a otros que difieren fuertemente con nosotros? Pienso que debemos hacer esto si vamos a poner en práctica lo que anteriormente ha sido una enseñanza teórica.

Sabemos que no somos los únicos que sinceramente están buscando obedecer a Dios. Hemos argumentado en el pasado que, en teoría, tiene que haber personas sinceras en muchos otros grupos y religiones. Así que ¿cómo nos vamos a comportar con los que muestran señales de sinceridad en algunas áreas, pero no en otras? Lo importante no es si trabajamos con ellos o si ellos trabajan con nosotros. Lo importante es; ¿están buscando servir a Dios y construir su reino de fe, verdad y amor?

Si somos muy buenos con las palabras, podemos argumentar que no están buscando eso, por alguna razón u otra. Y puede ser que tengamos la razón. Tal vez su santurronería o nuestro egoísmo, su deshonestidad o nuestra falta de amor excluye a uno o a ambos del reino. Pero ¿por qué no apostar a ambos? ¿Por qué no tomar un enfoque duro con nosotros mismos y un enfoque suave con los demás? ¿Por qué no continuar tratando de corregir los errores que vemos en lo que enseñan y practican los demás, pero a la vez decidir mostrarles gracia?

Aun si tales grupos y personas nos tratan mal, ¿por qué no esforzarnos aún más en mostrar amor hacia nuestros "enemigos", si es que incluso queremos usar tales términos para nuestros críticos? Más importante aún, ¿por qué no sinceramente y humildemente considerar que tales personas pueden estar haciendo algo bueno para Dios y alegrarnos por eso?

De hecho, tal vez esto es de lo que realmente se trata este "cuerpo" invisible del cual hablamos tanto. Tal vez Dios simplemente está esperando el día en que alguien se alegre más por lo que se está haciendo para Su reino que en nuestro interés sobre quién está de acuerdo o no con nosotros.

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