Algunas personas quieren ser escritores, líderes, predicadores, maestros, etc. por el prestigio y el respeto que estos trabajos parecen ofrecer.  A menudo no calculan el costo ni se dan cuenta de todo el esfuerzo que se necesita para hacer un buen trabajo con estas cosas.  Pero más importante todavía es considerar los dos puntos más básicos y fundamentales con respecto a escribir, dar un sermón o tratar de enseñar a los demás.  

El primer punto es asegurarte que alguien te va a escuchar.  Algunas personas se lanzan en escribir un libro o dar un sermón sin preguntarse quién quisiera prestarles atención.  ¿A quién dirigen su mensaje? ¿A quién le interesa?  

Hemos visto, por ejemplo, personas supuestamente "predicando en las calles" gritando en un megáfono o micrófono un montón de palabrería religiosa con mucha pasión y fervor, cuando en realidad no hay nadie que les está escuchando.  A veces incluso están en una esquina de la calle predicándole a los autos que pasan allí y a las dos o tres personas que están caminando por la vereda de en frente. Tales personas son predicadores en nombre solamente, porque en realidad no le predican a nadie.  No se preguntaron a quién le iban a dar su mensaje ni por qué les debería interesar.

El segundo punto, que es aún más básico, es asegurarte que tienes algo que decir.  ¿Cuál es tu mensaje?  ¿Qué es lo que vas a comunicar que ya no se está comunicando a través de otras personas? ¿Qué necesidad hay de tu sermón, libro, enseñanza, etc.?

Es importante que cada persona desarrolle su propia fe y pueda expresar lo que cree en sus propios términos.  Un joven va a expresar su fe de una manera diferente a un anciano.  Un académico criado en un barrio rico lo expresará diferente a alguien que se crió en un barrio de baja clase social.  Cada persona debe saber qué es lo que cree y por qué y no simplemente decir que cree algo porque escuchó a un predicador famoso decirlo o porque es la doctrina que promueve su iglesia en particular.

Sin embargo, hay una diferencia entre ser capaz de expresar tu fe a tu manera, y ser un "maestro" o un "líder".  Todos tenemos capacidad de enseñar algo a los demás en áreas en cual tenemos más conocimiento, pero no todos deberíamos postularnos como una autoridad o experto.  

En comunidades como la nuestra donde cada persona trae y comparte sus habilidades y conocimientos con los demás, todos tenemos algo que enseñar.  Algunos pueden enseñar diferentes idiomas a los demás, otros cómo usar ciertos programas en la computadora, cómo editar videos, cómo organizar mejor las cosas, etc. Todos discipulamos a los demás por medio de la experiencia que obtuvimos y de lo que aprendimos al ser discipulado por otros.  Sin embargo, no tenemos todos la misma autoridad para enseñar, ni es apropiado que todos tratemos de tomar el rol de maestro en la comunidad.

Cuando alguien tiene más experiencia que ti en algún área o simplemente puede hacer un mejor trabajo que tú, no debería ser motivo de envidia que esa persona esté encargada de un proyecto en particular o tenga más oportunidades de usar sus talentos.  Si alguien canta mejor que tú, no debería ser un problema que esa persona sea la que canta más veces.  Si alguien dibuja mejor que tú, no debería ser un problema que se use más su arte que el tuyo.  Y si alguien escribe mejor que tú, tampoco debería darte envidia que se publiquen más artículos y libros de esa persona en comparación a tu material.

Incluso con temas espirituales, algunas personas tienen más sabiduría que otras.  No debería ser un escándalo que valoremos el consejo de algunas personas más que el de otras, ni que Dios use a algunas personas para dar revelación y enseñanza más que a otras.  Algunas personas están más capacitadas para responder a las inquietudes y los argumentos de los demás.  No es una competición.  No significa que nadie más puede enseñar, cantar, escribir, comentar o responder, sino que algunas personas tienen más autoridad y están más capacitadas para la tarea.  Si Dios está usándolas bien, deberíamos prestar atención y aprender lo que podamos de tales personas.  Aun si tenemos dones similares, vamos a mejorar mucho más aprendiendo y aceptando corrección de personas con más experiencia y talento que nosotros, que si tratamos de descubrirlo todo por nosotros mismos. El orgullo es una de las barreras que más nos impide crecer espiritualmente.

Antes de querer ser un maestro, predicador, experto, etc. te tienes que preguntar si tienes algo importante para decir que tus oyentes necesitan escuchar.  Si lo que tienes para decir ya se ha dicho muchas veces antes, tienes que preguntarte por qué hay necesidad de decirlo otra vez.  Especialmente si quieres enseñar a otras personas con más experiencia que tú, ¿por qué te tendrían que escuchar? ¿Qué valor le agregarías a los demás con tu enseñanza?

Hay diferentes formas de comunicar el mismo mensaje, y las diferentes formas pueden alcanzar a diferentes personas. Quizás se cambie el enfoque un poco, o se cambie el formato y el medio.  Quizás pueda incluir otros ejemplos, lecciones personales, nuevos argumentos para apoyar el mensaje, o el uso de otros medios (ej. poesía de la palabra hablada, música, arte, videos, espectáculos públicos, dramatizaciones, etc.).  Sin embargo, antes de salir corriendo con la última idea que se te ocurra ser "la gran idea" que va a convencer a todos de la verdad, pregúntate quién necesita escuchar tu mensaje y qué es lo que realmente tienes para decir.

Supongamos que la verdad que deseamos comunicar es que Dios quiere que la gente viva por fe.  Obviamente ya hemos intentado comunicar eso a la gente en cien maneras diferentes.  Pero a menos que cada intento sea único de alguna manera, será un desperdicio de nuestro esfuerzo, y un desperdicio de tiempo para los oyentes.  Es posible que dos o mas intentos tengan algo en común (ej. Mateo 6:19-34), pero salvo que estés diciendo o haciendo algo diferente en cada nuevo intento, quizás sea mejor guiar a los demás a algo que ya está publicado.

En nuestra evangelización en las calles, a amigos y parientes, y por email, nosotros más o menos reiteramos en nuestras propias palabras los aspectos del mensaje que más nos han afectado personalmente.  Las leves diferencias que vienen de cada individuo a veces pueden ser las que hacen la diferencia en que alguien acepte el mensaje, especialmente si el oyente ya tiene una disposición positiva hacia la persona que está entregando el mensaje.  No obstante, cuando se trata de la enseñanza formal (ej. en nuestra literatura o en el internet), no tiene sentido que cada discípulo haga su propia versión de un artículo, video o canción.  Tiene que haber un buen motivo para hacer algo diferente.  El público no tiene tiempo o interés para mirarlo todo.

Aun cuando publicamos un nuevo artículo o libro en nuestra página web, tenemos que preguntarnos: "¿Ya se comunicó este punto? ¿Vale la pena escribir algo completamente nuevo?"  A veces uno puede saltar temas enteros (ej. el aborto y la evolución) porque ya existen tantos otros recursos disponibles que tratan con el tema bastante bien.  A veces vale la pena hacer una versión propia de una canción, pero en muchos de los casos podemos promover la versión que ya se ha hecho, especialmente si nuestra propia versión no agrega algún valor que el oyente no pudiera conseguir escuchando la original.  El punto es que no tenemos que estar buscando formas de hacerlo todo a nuestra manera, sino preguntándonos cuál es la mejor forma de comunicar el mensaje.

Las enseñanzas de Jesús son únicas.  No hay nadie en toda la historia que ha dicho las mismas cosas que Él.  Y lo que estamos haciendo hoy es simplemente aplicar los principios que Él enseñó en términos que se relacionan al mundo de hoy.  Si existiera otro ministerio en nuestra localidad que ya estuviese enseñando el concepto de vivir por fe, no tendríamos problema en juntarnos a ellos y usar su material.  Lo importante no es que se promueva una persona o grupo en particular, sino que el mensaje salga de la manera más eficaz posible. Para llegar a ese tipo de unidad tendríamos que estar todos dispuestos a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz, y buscar glorificar a Cristo en vez de buscar maneras de promocionarnos a nosotros mismos.

Este es uno de los problemas que a menudo surgen con los "maestros" principiantes.  Ven la enseñanza como una demostración glamorosa de la capacidad del maestro en un área en particular y piensan "a mí también me gustaría ser un maestro", cuando la verdad es que un maestro no buscar serlo sino que simplemente tiene un mensaje que compartir.  Su enfoque está en comunicar la verdad lo más eficazmente posible, no en su supuesta posición de instructor espiritual. Un buen maestro busca maneras de hacer pensar a los demás sobre la verdad que se ha comunicado, y no que las personas lo adulen por sus habilidades o espiritualidad.

Hubo un predicador pentecostal que era pastor de una iglesia bastante grande la cual construyó con sus propias manos.  Muchos jóvenes entusiasmados a menudo se acercaban a él pidiendo si se les permitiría predicar. Entonces él les decía, "Claro que sí.  ¿Qué mensaje quieren comunicar?"  Y siempre se quedaban sin palabras, porque para ellos, lo importante era conseguir el púlpito, y después ponerse a pensar en algo que decir.

Si realmente tienes algo importante que decir, el mensaje mismo abrirá las puertas para que lo puedas comunicar.  De alguna forma u otra la verdad de tu mensaje se comunicaría, y los demás se enterarían de que tienes algo importante que comunicar.  Y si realmente es importante para comunicar, no esperarías el día en que te dieran un púlpito.  Lo estarías comunicando ahora mismo.

Algunas personas piensan que necesitan practicar discursos y sermones públicos para desarrollar la confianza necesaria para predicar.  Hay clubes de discursos y competencias de ensayos que ayudan a los participantes a desarrollar técnicas de oratoria para poder hablar bien en público.  Sin embargo, todo ese entrenamiento sólo se enfoca en la técnica y no en el mensaje.

En las iglesias cristianas de hoy en día, no hay necesidad de personas con mejores técnicas de oratoria.  Dios sabe que ya hay demasiados charlatanes en el ambiente iglesiano que usan sus habilidades para estafar a la gente y llevarlos por un camino equivocado.  Lo que la iglesia de hoy necesita son hombres y mujeres de Dios que puedan decir la verdad con la autoridad de Dios.  Esta autoridad no es la que muchos fingen tener hoy en día cuando tratan de convencer a los demás que la tienen por medio de gritar cada vez más fuerte o hablar de lo especial que son.  Sino que es una convicción de parte de Dios, de que Dios mismo te ha encargado con un mensaje que se necesita decir.

Muchos de nosotros tenemos la convicción de que tenemos un mensaje de Dios para comunicar en estos tiempos.  También reconocemos que Dios ha usado a hombres y mujeres de Dios para enseñarnos, discipularnos y prepararnos para el ministerio que ejercemos ahora.  Por eso muy a menudo compartimos artículos, libros y prédicas que vienen de otras personas, porque no sentimos la necesidad de tener que decirlo todo de nuevo de nuestra propia forma.  Así también, nuevos discípulos y contactos nuestros comparten nuestros materiales sin sentir la necesidad de crear sus propias páginas web con contenido duplicado.

Lo importante de todo esto son las motivaciones.  A veces es necesario duplicar o hacer algo de una manera diferente.  Sin embargo, todo lo que hagamos por vanagloria propia va a terminar en el olvido en las cuentas de Dios.  Un siervo humilde que comparte la verdad (aun si no fue el que "escribió el libro") hace una tarea mucho más grande que las miles de personas que compiten por el prestigio y respeto que piensan que van a recibir por ser un "maestro".

Si quieres mejorar tu técnica, una audiencia más chica es mejor.  Porque hasta que desarrolles la confianza en tu mensaje, a los que te vean predicar o escribir, les parecerá obvio que estás solamente fingiendo que tienes algo importante para decir.  No hay nada más vergonzoso (y por lo tanto, más dañino a tu confianza) que ser descubierto haciendo tal cosa.

Así que deja de querer ser un maestro, y enfócate más en escuchar de Dios, para que te guíe humildemente en el ministerio que tiene preparado para ti.

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