Hace varios siglos atrás, había una empleo disponible para conducir el carro que la Reina de Inglaterra usaba. Varios candidatos se presentaron.  Se preguntó a cada uno (entre otras cosas) cuán cerca podían conducir a la orilla de un precipicio. Uno se jactó de que podía conducir el coche a un metro del borde del acantilado. Otro dijo que podía llevarlo a 50 centímetros del precipicio. Un tercero dijo que podía maniobrarlo hasta 10 centímetros del borde. Pero el cuarto solicitante dijo que si la reina estaba en el carro lo iba a conducir cuanto más lejos del acantilado le fuera posible. Él consiguió el puesto.

En cuestiones de gran importancia, no vale la pena tratar de cumplir con lo mínimo. En asuntos espirituales fundamentales es mucho más seguro errar del lado de tomarlos demasiado en serio que tratarlas a la ligera. Sin embargo, cada día nos enfrentamos a personas que hacen todo lo contrario. Juegan con la eternidad tratando de encontrar un atajo. Regatean con Dios en un esfuerzo por ser más astutos que Él. Quieren todos los beneficios del servicio a Dios sin tener que cumplir con sus requisitos. Y hemos visto que esto se hace con mayor frecuencia cuando se trata del llamado de Cristo a renunciar a todo y vivir por fe.

Hay muchas personas que quieren la vida eterna, pero siguen optando por conformarse con una fórmula de salvación falsa y barata, simplemente porque tal fórmula no les demanda tanto.  Hay otras personas que dicen querer tener la autoridad y el poder de Dios en sus vidas, pero rehúsan obedecer los requisitos que Jesús estableció para ser sus discípulos (Lucas 14:33) buscando formas de interpretar sus demandas de tal manera que no les pida un cambio dramático. Otras dicen que van a rechazar la marca de la bestia cuando finalmente llegue (para poder escapar de la condenación eterna asociada con ella), pero no quieren abandonar la "marca" en sus formas actuales por medio de dejar toda su riqueza a un lado y empezar a confiar en Dios ahora.  La fe que solamente existe en el futuro no es fe.

Hay un dicho que dice que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, y eso es todo lo que los regateadores tienen... buenas intenciones de que algún día van a estar bien con Dios, algún día van a renunciar a todo, algún día van a empezar a confiar en Dios y vivir por fe. Pero por el momento, siguen aferrándose a las mismas cosas que en última instancia condenarán a sus almas.

 
Hemos tratado de trabajar con algunas de estas personas usando un enfoque suave hacia ellas, en cual tratamos de no presionarlas a crecer espiritualmente en áreas que no están dispuestas a cambiar. Pero, por lo menos de vez en cuando, hay que decirles la verdad de su condición y hacerles saber que todo lo que hacen y dicen suena hueco mientras siguen jugando bajo reglas propias y no se sujetan a las reglas de Dios.

A veces hemos deseado suerte a estas personas en sus esfuerzos para esquivar las demandas de Dios e incluso hemos tratado de pasar por alto sus esfuerzos de convencernos (y de convencer a Dios) de que Él no los está llamando a obedecerle en este momento. Después de todo, ¿cuál es el punto de discutir con ellas y empujarlas a hacer algo que no han elegido por su propia voluntad? Como resultado, queda un vacío en nuestra relación con ellas y en su relación con Dios que solo se llenará cuando se suelten y cedan el control total de sus vidas a Dios.

¿Cómo puede ser que estas personas se convenzan a sí mismas de que pueden modificar las normas de Dios? La obediencia a las enseñanzas de Jesús no es opcional para ser cristiano. Ninguna cantidad de regateo va a cambiar esa realidad.

Obedecer a Jesús puede ser opcional para poder tener una amistad superficial con nosotros y con los demás, pero eso es todo. Si hubiera un rincón del Cielo reservado para las personas que nunca se sintieron "llamadas" a obedecer a Jesús, tendría que ser un rincón enorme para dar lugar a casi todas las personas que hemos conocido que declaran ser cristianas (como también muchas personas no religiosas).

Jesús dice que el camino al cielo es estrecho y son pocos los que van por ese camino.  Nos manda a esforzarnos para entrar, advirtiéndonos que muchos tratarán de hacerlo a su propia manera y no podrán (Lucas 13:23-24). El camino a la destrucción es ancho y la mayoría va por él (Mateo 7:13-14). Tal vez es hora de dejar de regatear con Dios, dejar de coquetear con el pecado y empezar a confiar sinceramente en Dios por medio de renunciar a todo en obediencia a Jesús.

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