Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. (Salmos 51:17)

El materialismo es el primer gran obstáculo que uno enfrenta para seguir a Cristo.  Pero de aquellos que responden a su llamado de vivir por fe, son pocos los que pueden superar el próximo obstáculo: el orgullo.

El mundo ha hecho del orgullo una virtud en vez del vicio condenable que es.  Seguro, es más fácil hacer las cosas como las quieres hacer, ir y venir cuando quieres y ser el que toma todas las decisiones.  Pero, ¿qué hace eso a tu espíritu?

Dios no está tan interesado con las medidas normales de la eficiencia.  No le importa tanto cuántos tratados repartimos o cuántos conversos logramos.  Lo que le interesa es el tipo de espíritu que tenemos.  ¿Es un espíritu quebrantado y humilde, o es uno orgulloso y arrogante?

Vivir en comunidad como los cristianos primitivos (Hechos 2:44-47) provee muy buen compañerismo y comunión; y en muchas maneras mejora nuestra eficacia.  Pero aun cuando nos impide en producción, todavía está cumpliendo con una gran necesidad que todos tenemos: la de esperar el uno al otro y sacrificar nuestra libertad personal por el bien de la comunidad.  Es decir, nos ayuda a desarrollar la humildad.

El orgullo nos lleva a defendernos a toda costa por miedo a "perder nuestra identidad".  Pero perder tu identidad es algo natural y algo que sucede constantemente sin que te des cuenta.  Cada vez que te pones de acuerdo con alguien, por ejemplo, tomas un poco de la identidad de esa persona; y tu propia identidad se acomoda un poquito a la persona con que estás de acuerdo.  Si el acuerdo es muy grande, el cambio puede ser grande.  Esta semejanza en valores, acciones y aun en apariencia se nota a menudo entre casados y entre padres e hijos.

Cuando una persona tiene contacto con la Verdad pura y se somete a ella, el estilo de vida de esa persona cambia por completo, resultando en una nueva identidad.  Jesús lo llamó "nacer de nuevo" (Juan 3:3) o "ser como un niño" (Mateo 18:3-4).  Lamentablemente, muchas personas que no son transformadas de esta manera lo ven de una manera negativa y lo llaman "lavado del cerebro", "ser un robot" o simplemente "perder tu identidad".

Estas son áreas de crecimiento espiritual que pueden ser fácilmente ignoradas en el mundo secular y en la mayoría de las iglesias donde las personas con suficiente dinero casi nunca tienen que humillarse delante de cualquiera y donde pocas veces son llamadas a rendir cuentas a los ancianos de la iglesia por su orgullo.  El orgullo también es una de las razones principales por la que son pocos los que quieren vivir en comunidad y por la que algunos deciden irse de sus comunidades (ver "Deslizarse"). A menudo, es fácil de estar enojados contra el orgullo de los demás, pero casi nunca estamos dispuestos a que alguien nos desafíe con respecto a nuestro propio orgullo.

Esas demandas hechas sobre nuestro orgullo cuando vivimos en comunidad siete días a la semana es lo que hace vivir en comunidad ser tan eficaz.  Si no vivimos en comunidad, ¿cómo podremos aprender a trabajar en unidad el uno con el otro?  Esto se aprende solamente por medio de estar dispuestos a sacrificar nuestro orgullo por el bien de los demás.

Las dictaduras son la forma más eficiente de gobierno (porque no tienen que esperar la aprobación y el consenso antes de tomar decisiones); pero son muy malas espiritualmente para los dictadores.  Como se dice: "todos creemos en la tiranía mientras podamos ser el tirano".  Dios prefiere que sacrifiquemos la libertad y eficiencia para que le demos lo que verdaderamente quiere: un espíritu quebrantado y un corazón humilde.

Una de las frases más fuertes que hemos escuchado ha sido: "destroza tu orgullo".  Es chocante porque no estamos acostumbrados de tratar al orgullo de una forma tan violenta.  Aun las pocas veces que se hace frente al orgullo en el sistema religioso, el enfoque es pasivo, que supuestamente deja que "se encargue Dios" del asunto mientras nosotros mismos estamos bajo una anestesia espiritual.  Para muchos de nosotros, sería más fácil tirarnos de un avión o caminar sobre carbones calientes que pisar nuestro propio orgullo.  Así que nos aferramos a nuestra "identidad", defendemos nuestra propia justicia y, por lo general, ignoramos la necesidad de tratar con nuestro orgullo de alguna manera definitiva.

Tampoco es útil pretender ser humilde.  Ese enfoque está lleno de engaños y verdaderamente no prueba nada.  Algunas de las personas más orgullosas en el mundo se jactarán de su humildad o dirán que son pecadores miserables salvo por la gracia de Dios.

La verdadera batalla contra nuestro orgullo debe ser enfrentada cada vez que alguien nos critica.  ¿Cómo podemos decir que nos hemos humillado delante de Dios, a quien no hemos visto, si no nos podemos humillar delante de nuestros hermanos y hermanas, a quienes sí hemos visto? (1 Juan 4:20)  No es suficiente sonreír cordialmente y decir que sí con nuestra cabeza.  Destrozar nuestro orgullo significa aceptar sinceramente la verdad en la crítica que se haya hecho.

Es fácil pensar que el que nos juzga es solamente un enemigo malvado o un crítico celoso que está atacando nuestro orgullo, y que Dios no espera que nos encarguemos tan inexorablemente de nuestro orgullo como lo quiere la otra persona.  También podemos engañarnos en pensar que el orgullo es algo que se debe tratar de una manera gradual... un poquito a la vez, en vez de "hacerlo polvo".  Pero esto es un error grave.  Es como la historia del hombre que tenía un perro que necesitaba que le cortaran la cola, y él, ya que amaba a su perro, decidió cortársela un poquito a la vez.  Tal enfoque solamente multiplica la angustia.

En la mayoría de los asuntos espirituales, el crecimiento es más revolucionario que "evolucionario".  Una vez que la decisión ha sido tomada quizá requiera años de fidelidad en continuar en el camino; pero la decisión inicial (o quizá, se podría decir, final) es todo o nada.

Hubo un día en cual el hijo pródigo tomó una decisión consciente y dramática de irse de casa.  Quizás lo había pensado por meses, pero la acción final se llevó a cabo en un solo día.  También tuvo que hacer una decisión consciente y dramática en volver (Lucas 15:11-21).  No pudo volver a la casa a hurtadillas y de a poquito.  Así que juntó todo su orgullo y lo arrojó al los pies de su padre, a quien rogó que lo aceptara tan solo como a su siervo.

Es verdad que su padre fue amoroso y lleno de gracia y lo aceptó otra vez como su hijo.  Pero solamente fue porque su hijo había destrozado su orgullo primero.  Eso es lo hermoso de destruir tu orgullo por Dios.  Él siempre tiene algo mejor para ti.  Puedes apreciar tu identidad como "alimentador inmundo de cerdos"; o puedes canjearlo todo por la libertad gloriosa que viene a los que han pisado su orgullo para ser hijos de Dios!

La decisión es tuya; y si no estás pisando tu orgullo, lo estás alimentando.



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