Todas las sociedades tienen reglas, y el castigo por quebrantarlas puede ser muy severo. A veces el castigo es una multa, ser encarcelado, o incluso en algunos casos, ser ejecutado. No todos están necesariamente de acuerdo con las reglas.  Aun así, cuando ignoramos las reglas, lo hacemos con un riesgo personal grande.

Lo mismo es verdad con Dios. Muchas de sus reglas (ej. no matarás, no robarás, etc.) también se enseñan (y se hacen cumplir) por la sociedad. Pero hay otras reglas divinas que no se hacen cumplir por las autoridades terrenales. Las podemos quebrantar sin temor de recibir una multa o ser encarcelados.

Pero si decimos creer en Dios, necesitamos pensar seriamente sobre Sus reglas, incluso las que no se implementan por el resto de la sociedad. Arriesgamos un castigo severo de parte de las autoridades terrenales si quebramos sus reglas simplemente porque no estamos de acuerdo con ellas. Pero de una manera mucho más seria, arriesgamos un castigo de parte de Dios si quebramos SUS reglas meramente por no estar de acuerdo con lo que manda.

En primer lugar, necesitamos preguntarnos quién tiene más derecho de establecer las reglas: ¿Dios o nosotros? Es como Dios ha dicho por medio de uno de sus profetas:

¡Ay del que pleitea con su Hacedor!... ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? ¡Ay del que dice al padre: ¿Por qué engendraste? y a la mujer: ¿Por qué diste a luz?!
(Isaías 45:9-10)

Una segunda consideración: observar los antecedentes de Dios podría hacerlo más fácil de aceptar Sus reglas cuando nos resultan difíciles de apreciar. ¿No has visto que la mayoría de Sus reglas te hacen bien al final? La experiencia nos ha mostrado que cada vez que descubrimos una nueva regla que no hemos estado obedeciendo, nuestras vidas mejoran al cambiar y vivir en armonía con la regla.

Seguir las reglas de Dios no suele ser fácil en un principio. Va en contra de la corriente. No viene <<naturalmente>>, pero eso es porque Dios está tratando de destruir nuestra naturaleza vieja (o sea nuestra naturaleza <<humana>> y pecaminosa) para que lo pueda reemplazar con una nueva naturaleza súper-humana.

Somos todos humanos. Todos nos hemos rebelado en contra de Dios en algún momento. Pero el camino cristiano entero tiene que ver con cambiar eso. Tiene que ver con transformarnos de forma SOBRE-natural, por medio de la gracia de Dios.

Jesús dice:

Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
(Juan 10:10)

Él quiere extender tanto la largura (es decir hacerla eterna) como la estatura (es decir la calidad) de nuestra vida.

Un deportista disfruta de una calidad de vida que una persona no entrenada no puede experimentar. Un deportista puede hacer más cosas con su cuerpo (y hacerlo con más facilidad) que los demás. De esa manera un deportista tiene una vida <<más abundante>> en cuanto a su salud física. Pero esto principalmente es verdad porque el deportista se ha impuesto ciertas disciplinas que llevan a ese resultado. Los atletas a menudo dicen <<No hay ganancia sin dolor>>. También es cierto de cosas espirituales.

Desafortunadamente, la <<religión>> a menudo ha impuesto reglas que NO son de Dios, y los ha impuesto con una actitud severa y santurrona. Pero es cuestionable que podamos usar eso como pretexto para deshacernos de todas las reglas que Dios sí ha establecido. Aun las personas que se hayan equivocado en seguir reglas humanas (pensando que eran reglas divinas) podrían llegar a ser premiadas por Dios por su sinceridad. Una mala elección de las reglas tal vez no va a traer las mejoras deseadas en la calidad de la vida ahora; pero todavía podría resultar en agradar a Dios, si fue hecho en fe, y en un intento honesto de obedecer a Dios de la mejor manera que se supo (Hechos 10:34-35).

No se puede decir los mismo para los que eligen ignorar conscientemente las reglas de Dios, y que insisten en crear sus propias reglas. Su manera puede ser más fácil, y más <<natural>>, pero aun si crean reglas religiosas, tal actitud no representa fe en Dios. De hecho, representa lo opuesto.

Ninguna cantidad de actividades, palabras o afiliación religiosa puede quitar el de hecho que, por lo menos en esa área de su vida, le han puesto una barrera, y ordenado que Dios no entre (esto es particularmente cierto con respecto a temas relacionados al sexo). Si has hecho eso, has ilegalizado a Dios en tu vida. Has posicionado tus reglas por encima de las de Él.

Hoy en día es raro que las personas estén abiertas a cambiar esta tendencia de crear sus propias reglas.  Aun cuando alguien trata de señalar el error y dirigir a tales personas a las reglas que Dios sí estableció, la mayoría de las personas persisten en su posición.

Por ejemplo, a veces dicen que están siguiendo una revelación personal de la voluntad de Dios que es superior a cualquier cosa que las enseñanzas de Jesús claramente registradas en la Biblia. Argumentarán que no necesitan obedecer a las enseñanzas de Jesús al menos que se les da una revelación personal y secreta. Hasta ese entonces (argumentan tales personas) son exentas de las exigencias comunicadas en las enseñanzas de Jesús. Dicen ser inocentes hasta que se compruebe lo contrario.

No tiene sentido discutir con personas que mantienen esa actitud. Tales personas querrán aprovecharse cuánto más puedan por cuánto más tiempo. No están genuinamente buscando la verdad.

El sentido común nos dice que <<inocente hasta que se compruebe lo contrario>> no es lo mismo que <<inocente>>. Sin duda se comprobará que son culpables cuando las enseñanzas de Jesús juzguen al mundo el día final (Juan 12:48). En ese día no se va a ganar con argumentos astutos o por medio de discutir los puntos técnicos. Tus pensamientos más secretos quedarán expuestos, y Dios te va a juzgar por cuán sincero fuiste en buscar y vivir la verdad.

¿Quisiste encontrar la verdad incluso si te mostraba errado, o con necesidad de cambiar? Si no tienes ese tipo de compromiso, es dudoso que puedas crecer en tu conocimiento de la verdad.

En conclusión, Dios has creado las reglas y las ha comunicado principalmente por medio de Su Hijo. Sólo Él tiene la autoridad de crear las reglas que gobiernan quién va a recibir la vida eterna o no. Tal vez por ahora podemos ignorar Sus reglas y reemplazarlas con nuestras propias opiniones, filosofías y argumentos teológicos; pero lo estaremos haciendo a gran riesgo personal, arriesgando consecuencias eternas. No trates de echar a Dios fuera de tu vida con una actitud estúpida como esa.

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