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 EL TREN ES TRUCHO, CUIDADO 
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Ocurría que la gente creía que existía un sólo tren para viajar.

El tren los llevaba de un lugar a otro, aunque muchos de los pasajeros no sabían exactamente a dónde iban, ni por qué viajaban. La mayoría de los pasajeros razonaban que un día tendrían que dejar de viajar cuando llegaran a la terminal, pero que entre tanto iban a hacer todo lo posible para disfrutar el viaje.

En ese tren se encontraban muchos vendedores que aceptaban los boletos del tren a cambio de sus productos, ya que había un entendimiento entre todos los vendedores que los boletos, los cuales normalmente no tendrían valor, se usarían de esa forma. La mayoría de los vendedores ofrecían productos innecesarios como juegos de 16 destornilladores, linternas de multicolor, fundas para cubrir las tarjetas del tren, libros para colorear, revistas, diarios, libros, CD con más de 15 horas de canciones, y otras cosas que sólo servían para aliviar a los pasajeros de la incomodidad de viajar en el tren, y de distraerlos de pensar sobre el día en que se irían.

Otros vendedores proveían comida y ropa que eran necesarias para viajar, pero que sólo las daban a cambio de boletos o de mercadería. Pero igual que con los demás productos, éstos eran de poco valor real. La ropa estaba mal cosida y se desgastaba rápido, la miel mezclada con jarabe de azúcar, los chocolates fuera de fecha o mezclados con barro, ya que por medio de hacer más productos de inferior calidad, se ganaban más boletos. Aun así, los pasajeros constantemente buscaban maneras de conseguir más boletos y mercadería y de tratar de olvidarse del día en que dejarían de viajar.

El viaje en la formación era incómodo para la mayoría, porque tenían que viajar parados y apretados. Para muchas personas, su sueño era poder conseguir un asiento en algún momento, y se esforzaban cada día para hacerlo.

Como los asientos eran pocos en comparación a la cantidad de gente que usaba el tren, y ya que cada vagón estaba repleto de personas, sólo se podía conseguir un lugar para sentarse por medio de acercarse de a poquito, empujando a los demás en camino al destino u ofreciendo boletos, comida, u otra mercadería a cambio de un lugar más cerca de los que estaban sentados. Una vez al lado de un asiento, había que o comprarle el lugar a uno que estaba bien asentado, o esperar a que alguien se levantara y entonces rápidamente empujar y sentarse, ya que el primero que lo lograba se quedaba con el asiento.

De vez en cuando, la gente parada pedía un asiento (o por lo menos parte de un asiento) para otra persona que la necesitaba, pero la mayoría de las personas sentadas se hacían los dormidos, usaban auriculares o simplemente ignoraban el pedido. Otros incluso insultaban a los que estaban parados y les hacían recordar que si se esforzaban lo suficiente, un día ellos también se merecerían un asiento como el que lo tenía.

Subir al tren era algo fácil de hacer y se hacía todo el tiempo en cada estación. Si llegaba a pasar que parecía no haber suficiente espacio para subirse, siempre se encontraba la forma de hacer más espacio, aun si significaba tener que empujar y apretar más a los que ya estaban adentro. De hecho, una de las primeras cosas que se enseñaba a los niños era sobre cómo subirse al tren. Lo irónico era que la mayoría de la gente odiaba el tren, pero se consolaban con frases como "es lo que hay" y "no nos queda otra". De esa manera seguían firmes en su decisión de quedarse en el tren y de arreglárselas lo mejor que podían.

El verdadero desafío era bajarse en alguna estación menos la terminal, y la mayoría de las personas creían que hacerlo era imposible. Se había escuchado de pocas personas que se habían bajado del tren, pero como muchas de ellas nunca volvieron, se presumían muertas, y se llegó a la conclusión que les hubiera ido mejor quedándose arriba.

Todos esperaban con temor el día en que llegaran a la estación terminal para bajarse de la formación, porque no sabían por cierto qué les esperaba después de eso, y ya se conocía que en tiempos pasados el tren había chocado al llegar a su destino o incluso en camino.

Un día sucedió algo muy interesante. El tren había parado en una estación donde muchas personas se estaban subiendo a los vagones. Por la ventana se veía un par de personas que no tenían intención de entrar, y que estaban haciendo señales para que la gente abriera las ventanas para poder escucharlos. Cuando esto se hizo, los dos muchachos empezaron a rogar a los pasajeros a que se bajaran de la formación.

-¡El tren va a explotar! ¡Bájense del tren! ¡Sean libres! ¡Vengan con nosotros a tomar otro tren que va a Libertad, en camino a la Tierra Prometida!

Mucha gente había escuchado sobre un tren alternativo, de la estación "Libertad" y de la "Tierra Prometida". Se decía que en la Tierra Prometida les esperaba una comunidad de gente bondadosa, un hogar cómodo y vehículos personales que se podían usar para viajar a donde uno quisiera y disfrutar de todo lo que existía.

En el tren popular incluso se vendían libros que hablaban sobre el tema. Para muchos, todo era un mero cuento de hadas, escrito para aliviar el sufrimiento de viajar. Los demás (los que creían en el cuento) discutían sobre cómo iba a ser la Tierra Prometida, cómo era viajar en el tren alternativo, qué les esperaba en la estación Libertad, cómo era la gente que vivía en comunidad, y quién tenía derecho de ir.

Pero a todos les costaba creer que existía tal tren, porque se decía que era muy diferente al común, que siempre llegaba a hora, y que había mucho espacio en los vagones ya que eran pocos los que viajaban ahí. Ya que todos en el tren popular repetían el mantra de que era imposible viajar fuera de la formación, se prefería creer que la Tierra Prometida sólo se iba a ver después que el tren llegara a la estación terminal.

-¡Confíen en el mensaje que les dejó Josué, el hijo del Ingeniero! -gritaba uno de los muchachos.

Por las ventanas del tren, de vez en cuando, se veían estructuras impresionantes que muchos de los pasajeros decían haber sido edificadas por un Gran Ingeniero que diseñó y se encargó de todo lo que se veía y que Él era el que había creado el tren que iba a Libertad y la Tierra Prometida. Pero este tema traía mucho debate, porque nadie había visto al Gran Ingeniero, y había diferentes ideas de cómo era. Además, se estaba poniendo de moda decir que ya que nadie había visto al Gran Ingeniero, y ya que todos tenían una idea diferente de cómo sería, que lo probable era que lo que se veía por la ventana no había sido diseñado por un ingeniero sino que se formó por sí mismo a lo largo de mucho tiempo, y que la gente que creía el cuento del Gran Ingeniero era estúpida y no bien educada.

-¡Bajen del tren, que el mensaje de Josué es verdad! ¡Hay un mejor tren para tomar que nos llevará por cierto a Libertad y a la Tierra Prometida! -insistieron los jóvenes.

-¡Mentira! -gritó uno de los pasajeros que era parte del Club del Rincón Blanco. (El hijo del Ingeniero había llevado una remera blanca cuando anunció su mensaje, mucho tiempo atrás, y el Club del Rincón Blanco, que pasaba su tiempo hablando sobre Josué y la Tierra Prometida, creían que ellos eran los verdaderos seguidores de Josué, debido a que usaban una remera blanca cómo él).

-¡Josué nunca quiso que nos bajáramos del tren, sino que creamos que él era el hijo del Ingeniero! ¡No puedes ganar tu lugar en la Tierra Prometida! ¡Es un regalo que el Ingeniero te da, y no tienes que hacer nada para merecerlo! -insistían los del Rincón Blanco.

-Es verdad que es un regalo -contestó uno de los muchachos fuera del tren-, y que no puedes hacer nada para merecerlo. Por eso mismo vino Josué a ofrecernos la posibilidad de ir a la Tierra Prometida y nos marcó el camino para salir de este tren que va a la destrucción y subirnos al tren que va a Libertad y que nos lleva a donde Josué prometió.

-¡No! Ustedes están equivocados -interrumpió uno de los miembros más fervorosos del Club del Rincón Blanco-. El Ingeniero ha elegido a pocas personas para ir a la Tierra Prometida. No hay nada que puedas hacer para ir allá. Si él te eligió, entonces vas a ir sí o sí en algún momento, pero si no te eligió, entonces no puedes ir por más que quieras.

-¿Ustedes de qué rincón son? -interrumpió otro-. ¡Para entender bien el mensaje de Josué tienen que ser parte de un rincón oficial! ¡Nosotros somos el rincón más antiguo, así que eso comprueba que somos los únicos que van a ir a la Tierra Prometida!

Los dos muchachos se dieron una mirada de asombro, antes de contestar a los que todavía estaban en el tren:

-¡Eso es absurdo! Josué claramente dijo que cualquier persona que quisiera ir, podía hacerlo y nos invitó a todos. De hecho, ¿no se acuerdan ustedes del gran sacrificio que Josué hizo para que tengamos forma de salir del tren?

El tren popular, que fue diseñado por un competidor del Gran Ingeniero, originalmente no tenía una salida. Las puertas sólo abrían para que la gente pudiese entrar y se cerraban apenas las personas habían subido al tren. Todos temían que si trataban de bajar, las puertas los aplastarían hasta la muerte. Josué se había subido al tren para mostrarle a la gente la manera de bajarse de él, y había dejado que las puertas del tren aplastaran su cuerpo.  Con esto causó un quiebre en el sistema de puertas, de tal manera que desde ese entonces, las puertas no cerraban por completo, sino que dejaban un pequeño espacio por medio del cual alguien podía escapar.

Después que Josué murió trabando las puertas, tiraron su cadáver al andén de la estación, y se suponía que su cuerpo se iba a descomponer ahí. Sin embargo, corría un rumor que, después que el tren se había ido de la estación, el Gran Ingeniero había llegado a tiempo para revivir a su hijo, y que lo había llevado a la Tierra Prometida, donde estaría a cargo de todo lo que sucedía allí. Esto coincidía con el mensaje de Josué, ya que él había prometido que eso iba a ocurrir, pero mucha gente creía que algunos de los amigos de Josué habían escondido su cuerpo e inventado el cuento de volver a vivir. Los miembros del Rincón Blanco creían que Josué había sobrevivido, y pasaban su tiempo tratando de hacerle creer eso a los demás, pero creían que bastaba con creer en la supervivencia de Josué y que no había que tomar literalmente lo que Josué había dicho sobre cómo bajarse del tren. Cada vez que alguien quería tomar en serio el mensaje de Josué, los líderes de los rincones discutían en contra de hacerlo y convencían a la gente de que el mensaje de Josué no era importante.

-¡El mensaje de bajarse del tren era para la gente de aquellos tiempos y no para nosotros hoy en día! -replicó uno que tenía puesto una remera blanca.

Los muchachos insistían:

-¿No ven ustedes que este tren va a la destrucción, y que Josué nos ha dicho que nos bajemos para que no seamos destruidos?

-Sí, pero si nos bajamos del tren, ¿cómo vamos a conseguir comida y ropa? No se usan los boletos allí afuera y sin boletos no podemos sobrevivir.

-¡Miren las aves! ¡No vuelan dentro del tren! Así también ustedes serán libres afuera. ¡Miren las flores! No crecen en la oscuridad de los vagones. Así también ustedes tendrán el calor del sol acá afuera. No se preocupen, ¡todo será proveído si se bajan del tren! ¡Nosotros hemos bajado y no nos ha faltado nada!

-Sí, pero eso es solamente porque ustedes son especiales y tienen un llamado especial para hacer lo que hacen, pero no todos tienen ese mismo llamado -halagaban los "rinconeros".

-No hemos venido a llamar a los que están cómodos, sino a los que no quieren estar más en el tren. Muchos son invitados, pero pocos quieren hacerle caso a la invitación.

-¿Qué tengo que hacer para salvarme? -gritó un señor que estaba sentado y había escuchado la discusión entre los muchachos fuera del tren y los miembros del Rincón Blanco.

-¡Confiá en Josué y te salvarás! ¡Si seguís su camino, descubrirás la verdad, y ganarás tu vida!

-Eso lo he hecho desde que soy un niño. He leído el libro sobre Josué, y creo que Josué está vivo y a cargo de la Tierra Prometida. He seguido todas las reglas que el Gran Ingeniero nos dio: no matar, no robar, no mentir, no cometer adulterio, etc. Todas las semanas doy un porcentaje de mis boletos al Rincón Blanco, y no tuve que empujar para sentarme, porque el asiento lo ganó mi papá y me lo dio por herencia.

-Puede ser, pero todavía te falta una cosa -contestó uno de los muchachos-. ¡Levantate de tu asiento, repartí toda la comida, los boletos y mercadería que hayas acumulado a la gente que esté parada, y esforzate para salir del tren por medio del espacio estrecho entre las puertas para venir con nosotros!

El hombre sentado se levantó por un segundo, pero al ver que era difícil caminar el trecho entre donde él estaba y las puertas, que iba a perder su asiento y que tendría que hacer un gran esfuerzo para pasar por la multitud y salir, se volvió a sentar con el peso de una gran tristeza.

Uno de los muchachos afuera miró al otro y dijo:

-Es tal como lo dijo Josué. Es muy difícil para una persona sentada salir del tren. Parece ser más fácil que un elefante entre por una ventanilla, que una persona sentada quiera bajarse del tren.

-Verdad, pero con ayuda espiritual todo es posible. ¡Míranos! Éramos esclavos tal como ellos, pero pudimos dejarlo todo para salir del tren, y ahora sabemos que el mensaje de Josué es verdad, y que todo lo que uno deja por seguir a Josué es recompensado en el viaje mismo y también al llegar al destino.

Al escuchar lo último, un pequeño hombre que estaba sentado cerca del primero, se levantó con ánimo y exclamó:

-¡Miren chicos! ¡Doy la mitad de todo lo que tengo a la gente que lo necesite, y con la otra mitad devuelvo a los que estafé para llegar acá cuatro veces más de lo que les robé! ¡Ahí voy, muchachos!

Con eso, el hombre se despojó de todo y empujó en camino a las puertas. El tren se estaba por ir de la estación, pero el hombre empujó y empujó hasta que llegó a la salida. Se tuvo que quitar mucha de la ropa que tenía puesta para poder deslizarse por medio del espacio entre las puertas y por fin, con ayuda de los muchachos que le extendieron una mano, lo logró.

-¡La salvación ha llegado hoy a este vagón! -exclamó uno de los muchachos mientras le daba un abrazo al hombre.

Al ver esto, varios muchachos y muchachas que estaban en el furgón, tiraron sus porros y birras al suelo y se bajaron del tren también, lo cual logró más entusiasmo de parte de los mensajeros.

-¡Qué buenas noticias son éstas para los necesitados, los que están incómodos, los que la gente desprecia y los que sufren, porque para ellos se preparó la Tierra Prometida!

El tren popular arrancó y se fue de la estación, llevando consigo los miembros enteros del Rincón Blanco y todos los que rehusaron bajarse de la formación. Cada día los sigue llevando a la destrucción, y cada día se conforman con creer que no les queda otra salvo cooperar con tal sistema, sin darse cuenta que cuanto más viajan en el tren, más difícil les resultará bajarse a tiempo.

Hasta el día de hoy, los del Rincón Blanco dicen creer en Josué mientras rehúsan creer el mensaje que les dio, y siguen sembrando confusión en los que desean bajarse del tren.

Se dice que los afortunados que bajaron del tren ese día fueron a tomarse el tren alternativo, llegaron a Libertad y vieron la Tierra Prometida. Siguen enviando mensajeros a las paradas del tren popular para rogarle a la gente que se baje del tren, pero como siempre, de los muchos que son invitados, muy pocos escogen aceptar la invitación.

¿Y vos? ¿Te vas a quedar en el tren que va a la destrucción? ¿O vas a venir a Libertad en camino a la Tierra Prometida?

¡El que tenga oídos para oír, que escuche la parábola del tren!

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